continuó con su cena. Los sentimientos de Danglars se vieron heridos y, sin desear contraer obligaciones con aquel bruto, el banquero se dejó caer de nuevo sobre su piel de cabra y no volvió a decir una sola palabra.
Cuatro horas pasaron y el gigante fue reemplazado por otro bandido. Danglars, que de verdad empezaba a sentir punzadas diversas en el estómago, se levantó suavemente, volvió a aplicar su ojo a la rendija de la puerta y reconoció el inteligente rostro de su guía.
Era, en efecto, Peppino, quien se disponía a montar guardia lo más cómodamente posible sentándose frente a la puerta y colocando entre sus piernas una cazuela de barro que contenía garbanzos guisados con tocino. Cerca de la cazuela colocó también una bonita cesta pequeña de uvas de Velletri y un frasco de Orvieto.
Peppino era decididamente un epicúreo. Danglars observó estos preparativos y se le hizo agua la boca.
«Vamos —se dijo—, voy a probar si este resulta más dócil que el otro»; y llamó suavemente a la puerta.
— On y va —, exclamó Peppino, quien de tanto frecuentar la casa del signor Pastrini entendía el francés a la perfección en todos sus modismos.
Danglars lo reconoció inmediatamente como el hombre que había gritado de aquella manera furiosa: «¡Sáquese el sombrero!». Pero aquel no era el momento para recriminaciones, así que adoptó su talante más afable y dijo con una sonrisa graciosa:
—Perdone, señor, ¿es que no me van a dar de cenar?
¿Tiene su excelencia la amabilidad de tener hambre?