La Cámara Alta de nuestra Constitución victoriana, que representa a los ricos productores de lana, ha disentido de la Asamblea Baja, y la mayor parte de los asuntos están suspendidos. De no ser por una estratagema de lo más curiosa, la maquinaria del Gobierno se detendría.
La mayoría de las Constituciones han cometido este error. Las dos instituciones republicanas más notables del mundo lo cometen. Tanto en la Constitución americana como en la suiza, la Cámara Alta tiene tanta autoridad como la segunda: podría producir el máximo impedimento —el bloqueo, si quisiera—; si no lo hace, no se debe a la bondad de la constitución legal, sino a la discreción de los miembros de la Cámara.
En ambas Constituciones, esta peligrosa división es defendida por una doctrina peculiar con la que ahora no tengo nada que ver.
Se dice que debe haber en un Gobierno Federal alguna institución, alguna autoridad, algún órgano que posea un veto en el cual los Estados separados que componen la Confederación sean todos iguales. Confieso que esta doctrina no me resulta evidente por sí misma, y se da por supuesta, pero no se demuestra.
El Estado de Delaware no es igual en poder ni en influencia al Estado de Nueva York, y no se puede lograr que lo sea otorgándole un veto igualitario en una Cámara Alta.
La historia de una institución semejante es, en verdad, de lo más natural.
A un pequeño Estado le gustará, y debe gustarle, ver algún símbolo, algún monumento conmemorativo de su antigua independencia preservado en la Constitución por la cual dicha independencia es extinguida.
Pero una cosa es que una institución sea natural, y otra muy distinta que sea conveniente.