Sujeto, por tanto, a los dos defectos menores, aunque no desdeñables, que he mencionado, el Parlamento se ajusta con bastante precisión, tanto como seleccionador de ejecutivos como en su labor legislativa, a la opinión formada del país.
De manera similar, y con sujeción a las mismas excepciones, expresa bien la opinión de la nación en palabras, cuando se da el caso de que se necesitan palabras, no leyes. En asuntos exteriores, donde no podemos legislar, sea lo que fuere lo que la nación inglesa piense, o crea pensar, respecto a los acontecimientos críticos del mundo, ya sea en Dinamarca, en Italia o en América, y sin importar si piensa con sabiduría o insensatez, ese mismo algo, sabio o necio, quedará perfectamente expuesto en el Parlamento.
La función lírica del Parlamento, si se me permite usar tal expresión, se cumple bien; derrama en palabras características el corazón característico de la nación. Y poco más útil puede hacer.
Ahora que el gobierno libre es tan raro en Europa y tan distante en América, la opinión, incluso la incompleta, errónea y apresurada opinión del pueblo inglés libre es invaluable. Puede ser muy equivocada, pero con seguridad será única; y si es acertada, con toda certeza contendrá materia de gran magnitud, pues solo es una cuestión de primer orden en asuntos lejanos lo que un pueblo libre llega a ver o aprender. El pueblo inglés debe de perderse mil menudencias que las burocracias continentales conocen demasiado bien; pero si ve una verdad cardinal que esas burocracias pasan por alto, esa verdad cardinal puede ayudar enormemente al mundo.