Hay una gran dificultad en el camino del escritor que intenta delinear una Constitución viva—una Constitución que está en activo funcionamiento y poder. La dificultad estriba en que el objeto se encuentra en constante cambio. Un escritor histórico no siente esta dificultad: trata únicamente con el pasado; puede afirmar categóricamente que la Constitución funcionó de tal o cual manera en el año en que empieza, y de una manera diferente en tales o cuales aspectos en el año en que termina; comienza con un punto temporal definido y termina también con otro. Pero un escritor contemporáneo que intenta pintar lo que tiene ante sí se siente desconcertado y perplejo: lo que ve cambia a diario. Debe pintarla tal como se encontraba en un momento determinado, o de lo contrario estará poniendo lado a lado en sus representaciones cosas que jamás fueron contemporáneas en la realidad.
La dificultad es tanto mayor cuanto que un escritor que trata sobre un Gobierno vivo lo compara naturalmente con los demás Gobiernos vivos más importantes, y estos también están cambiando; aquello que ilustra se modifica de una manera, y sus fuentes de ilustración se modifican probablemente de otra diferente.
Esta dificultad se ha interpuesto constantemente en mi camino al preparar una segunda edición de este libro. En él se describe la Constitución inglesa tal como se encontraba en los años 1865 y 1866. A grandes rasgos, describe su funcionamiento tal como era en la época de lord Palmerston; y desde entonces ha habido muchos cambios, algunos de espíritu y otros de detalle. En un período tan corto pocas veces se han dado más cambios. Si hubiera ofrecido un esbozo de la época de Palmerston como un esbozo de la actualidad, en muchos puntos habría resultado falso; y si hubiera intentado convertir el esbozo de hace siete años en un esbozo del tiempo presente, probablemente habría emborronado el cuadro y ofrecido algo igualmente distinto a ambos.