instituciones sean de una utilidad obvia y patente. Vemos a los estadounidenses sonreír ante nuestra Reina con su misterio secreto y nuestro Príncipe de Gales con su feliz inacción. Es imposible, en efecto, convencer a sus mentes prosaicas de que la realeza constitucional es un gobierno racional, de que es adecuada para una nueva era y un país sin fracturas, de que aquellos que empiezan de nuevo pueden empezar con ella. Los principitos que recorren el mundo con excelentes intenciones, pero con una total ignorancia de los asuntos públicos, son para ellos un anuncio rodante de que este tipo de gobierno es europeo en sus limitaciones y medieval en su origen; de que, aunque aún le queda un gran papel por desempeñar en los viejos Estados, no tiene lugar ni papel en los nuevos Estados. El réalisme impitoyable que los buenos críticos hallan en una parte muy característica de la literatura del siglo XIX se encuentra también en su política. Una utilidad ostentosa debe caracterizar sus creaciones.
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VI. Sus supuestos frenos y contrapesos
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