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V. La bandera del mundo

Algunas personas necias propusieron la idea de que, puesto que las mujeres evidentemente apoyan a los suyos en las buenas y en las malas, las mujeres son, por consiguiente, ciegas y no ven nada. Difícilmente deben de haber conocido a mujer alguna. Las mismas mujeres que están dispuestas a defender a sus hombres contra viento y marea son (en su trato personal con el hombre) casi enfermizamente lúcidas respecto a la debilidad de sus excusas o la grosura de su cabeza. * El amigo de un hombre lo quiere pero lo acepta tal como es: * su esposa lo ama y siempre está intentando convertirlo en otra persona. Las mujeres que son profundas místicas en su credo son profundas cínicas en su crítica. Thackeray expresó esto muy bien cuando hizo que la madre de Pendennis, que adoraba a su hijo como a un dios, diera por sentado, sin embargo, que se corrompería como hombre. Ella subestimaba su virtud, aunque sobrevaloraba su valor. > La devota tiene total libertad para criticar; el fanático puede ser escéptico sin peligro. El amor no es ciego; eso es lo último que es. El amor está atado; y cuanto más atado está,

Esto al menos había llegado a ser mi postura respecto a todo lo que se llamaba optimismo, pesimismo y progreso. Antes de cualquier acto cósmico de reforma, debemos prestar un juramento cósmico de lealtad. Un hombre debe interesarse por la vida, para luego poder desinteresarse de sus opiniones sobre ella. > «Hijo mío, dame tu corazón»; el corazón debe estar fijado en lo correcto: en el momento en que tenemos un corazón fijo, tenemos las manos

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