en el momento en que puedes imaginar a un guardia, puedes imaginar a un pequeño guardia. En el momento en que realmente ves un elefante, puedes llamarlo «Pequeñín». Si puedes hacer una estatua de algo, puedes hacer una estatuilla. Esta gente afirmaba que el universo era una cosa coherente; pero no les gustaba el universo. A mí, en cambio, me gustaba muchísimo el universo y quería llamarlo con un diminutivo. A menudo lo hacía; y nunca pareció importarle. Realmente y a decir verdad, sentía que estos oscuros dogmas de la vitalidad se expresaban mejor llamando pequeño al mundo que llamándolo grande. Sobre la infinidad había una especie de despreocupación que era lo opuesto al cuidado fiero y piadoso que yo sentía en relación con lo invaluable y el peligro de la vida. Ellos mostraban solo un yermo sombrío; pero yo sentía una especie de ahorro sagrado. Porque la economía es mucho más romántica que la extravagancia. Para ellos, las estrellas eran un ingreso interminable de centavos; pero yo sentía respecto al sol de oro y a la luna de plata lo que siente un escolar si tiene una sola libra y un chelín.
Estas convicciones subconscientes se reflejan mejor en el color y el tono de ciertos cuentos. Así, he dicho que solo las historias de magia pueden expresar mi sensación de que la vida no es solo un placer, sino una especie de privilegio excéntrico. Puedo expresar este otro sentimiento de agrado cósmico aludiendo a otro libro que siempre se lee en la infancia, Robinson Crusoe, que leí por esta época, y que debe su vitalidad eterna al hecho de celebrar la poesía de los límites, qué digo, incluso el romance salvaje de la prudencia. Crusoe es un hombre en una pequeña roca con unas pocas comodidades recién arrebatadas al mar: lo mejor del libro es simplemente la lista de cosas salvadas del naufragio. El mayor de los poemas es un inventario.