libres. Debo hacer una pausa para anticiparme a una crítica obvia. Se dirá que una persona racional acepta el mundo como una mezcla de bien y mal con una satisfacción decorosa y una resistencia decorosa. Pero esta es exactamente la actitud que yo sostengo que es defectuosa. Es, lo sé, muy común en esta época; fue perfectamente expresada en aquellos tranquilos versos de Matthew Arnold que resultan más desgarradoramente blasfemos que los gritos de
“Enough we live:—and if a life, With large results so little rife, Though bearable, seem hardly worth This pomp of worlds, this pain of birth.”
Sé que este sentimiento llena nuestra época, y creo que la congela. Para nuestros propósitos titánicos de fe y revolución, lo que necesitamos no es la aceptación fría del mundo como un compromiso, sino alguna manera en la que podamos odiarlo cordialmente y amarlo cordialmente.
No queremos que la alegría y la ira se neutralicen mutuamente y produzcan un descontento hosco; queremos un deleite más feroz y un descontento más feroz. Tenemos que sentir el universo a la vez como el castillo de un ogro, que debe ser asaltado, y sin embargo como nuestra propia cabaña, a la que podemos regresar alatardecer.
Nadie duda de que un hombre corriente puede avenirse con este mundo: pero no exigimos la fuerza suficiente para avenirse con él, sino la fuerza suficiente para hacerlo avenir. ¿Puede odiarlo lo bastante como para cambiarlo, y aun así amarlo lo bastante como para considerarlo digno de cambio? ¿Puede contemplar su colosal bondad sin sentir jamás aquiescencia? ¿Puede contemplar su colosal maldad sin sentir jamás desesperación? ¿Puede, en resumen, ser al mismo tiempo no solo un pesimista y un optimista, sino un pesimista fanático y un optimista fanático?