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Introducción en defensa de todo lo demás

Una cosa es describir una entrevista con una gorgona o un grifo, una criatura que no existe.

Otra cosa es descubrir que el rinoceronte sí existe y regocijarse luego en el hecho de que parece como si no existiera.

Uno busca la verdad, pero puede que persiga instintivamente las verdades más extraordinarias.

Y ofrezco este libro con los más sinceros sentimientos a toda la entrañable gente que odia lo que escribo y lo considera (con toda justicia, por lo que sé) una mala payasada o una sola y pesada broma.

Porque si este libro es una broma, es una broma contra mí.

Soy el hombre que con la mayor audacia descubrió lo que ya se había descubierto antes.

Si hay un elemento de farsa en lo que sigue, la farsa corre por mi propia cuenta; pues este libro explica cómo imaginé que fui el primero en poner un pie en Brighton y luego descubrí que era el último.

Relata mis aventuras elefantiacas en pos de lo evidente.

Nadie puede considerar mi caso más ridículo de lo que lo considero yo mismo; ningún lector podrá acusarme aquí de intentar tomarle el pelo: yo soy el tonto de esta historia, y ningún rebelde me derrocará de mi trono.

Confieso abiertamente todas las ambiciones idióticas de finales del siglo diecinueve. Yo sí intenté, como todos los demás niños solemnes, estar a la vanguardia de mi tiempo. Como ellos, traté de estar unos diez minutos adelantado a la verdad. Y descubrí que estaba mil ochocientos años retrasado respecto a ella.

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