salvación sea inevitable. Es defendible, pero no es especialmente favorable para la actividad o el progreso. Nuestra sociedad luchadora y creativa debería más bien insistir en el peligro en que se encuentra todo el mundo, en el hecho de que cada hombre cuelga de un hilo o está aferrado a un precipicio. Decir que todo irá bien de todos modos es una observación comprensible: pero no puede llamarse precisamente un toque de clarín. Europa debería enfatizar más bien la posible perdición; y Europa siempre la ha enfatizado. En esto, su religión más alta coincide con sus novelas más baratas. Para el budista o el fatalista oriental, la existencia es una ciencia o un plan, que debe terminar de cierta manera. Pero para un cristiano la existencia es una historia, que puede terminar de cualquier manera. En una novela emocionante (ese producto puramente cristiano), el héroe no es devorado por los caníbales; pero para que exista la emoción es fundamental que pueda ser devorado por los caníbales. El héroe debe ser (por decirlo así) un héroe comestible. Así, la moral cristiana siempre le ha dicho al hombre, no que perdería su alma, sino que debe tener cuidado de no perderla. En la moral cristiana, en resumen, es malvado llamar a un hombre «condenado»; pero es estrictamente religioso y filosófico llamarlo condenable.
Todo el cristianismo se concentra en el hombre en la encrucijada. Las filosofías vastas y superficiales, las enormes síntesis de patrañas, hablan todas de eras, evolución y desarrollos últimos. A la verdadera filosofía le concierne el instante. ¿Tomará un hombre este camino o aquel?—eso es lo único en que se debe pensar, si a uno le gusta pensar. En los eones es bastante fácil pensar, cualquiera puede pensar en ellos. El instante es verdaderamente terrible: y es porque nuestra religión ha sentido intensamente el instante que en la literatura se ha ocupado mucho de la batalla y en la teología se ha ocupado mucho del infierno.