La alegría del mejor paganismo, como en la jovialidad de Catulo o Teócrito, es, en verdad, una alegría eterna que la humanidad agradecida jamás olvidará. Pero es una alegría sobre los hechos de la vida, no sobre su origen. Para el pagano, las pequeñas cosas son tan dulces como los arroyuelos que brotan de la montaña; pero las cosas vastas son tan amargas como el mar. Cuando el pagano mira hacia el núcleo mismo del cosmos, se queda helado. Detrás de los dioses, que son meramente despóticos, se sientan las parcas, que son mortales. No, las parcas son peores que mortales; están muertas. Y cuando los racionalistas dicen que el mundo antiguo era más ilustrado que el cristiano, desde su punto de vista tienen razón. Pues cuando dicen «ilustrado» quieren decir oscurecido con una desesperación incurable. Es profundamente cierto que el mundo antiguo era más moderno que el cristiano. El vínculo común radica en el hecho de que tanto los antiguos como los modernos han sido infelices acerca de la existencia, acerca de todo, mientras que los medievales eran felices al menos con respecto a eso. Concedo libremente que los paganos, al igual que los modernos, solo eran infelices respecto a todo; eran bastante alegres respecto a todo lo demás. Concedo que los cristianos de la Edad Media solo estaban en paz respecto a todo; estaban en guerra respecto a todo lo demás. Pero si la cuestión gira en torno al eje primario del cosmos, entonces había más contentamiento cósmico en las calles estrechas y sangrientas de Florencia que en el teatro de Atenas o en el jardín abierto de Epicuro. Giotto vivió en una ciudad más sombría que Eurípides, pero vivió en un universo más alegre.
La masa de los hombres se ha visto obligada a estar alegre ante las pequeñas cosas, pero triste ante las grandes. Sin embargo (ofrezco mi último dogma desafiante), no es algo propio del hombre ser así. El hombre es más él mismo, el hombre se parece más al