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VI. Las paradojas del cristianismo

hiciera. Los cuáqueros (se nos decía) eran los únicos cristianos genuinos; y, sin embargo, las masacres de Cromwell y de Alba fueron crímenes cristianos genuinos.

¿Qué podía significar todo aquello? ¿Qué era este cristianismo que siempre prohibía la guerra y siempre producía guerras? ¿Cuál podía ser la naturaleza de algo a lo que uno podía ultrajar primero porque no quería luchar, y segundo porque siempre estaba luchando? ¿En qué mundo de enigmas nacieron este asesinato monstruoso y esta mansedumbre monstruosa? La figura del cristianismo adquiría una forma cada vez más extraña a cada instante.

Tomo un tercer caso; el más extraños de todos, porque implica la única objeción real a la fe.

La única objeción real a la religión cristiana es simplemente que es una sola religión. El mundo es un lugar grande, lleno de clases de gente muy diferentes.

El cristianismo (se puede decir razonablemente) es una sola cosa limitada a un solo tipo de gente; comenzó en Palestina y, en la práctica, se ha detenido en Europa.

En mi juventud este argumento me impresionó debidamente, y me sentí muy atraído por la doctrina que a menudo se predicaba en las Sociedades Éticas; me refiero a la doctrina de que existe una gran iglesia inconsciente de toda la humanidad fundada en la omnipresencia de la conciencia humana. Los credos, se decía, dividían a los hombres; pero al menos la moral los unía. El alma podía buscar las tierras y las edades más extrañas y remotas y aun así encontrar un sentido común ético esencial. Podía encontrar a Confucio bajo los árboles orientales, y él estaría escribiendo «No robarás». Podía descifrar el jeroglífico más oscuro en el desierto más

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