libertad. Los vicios, en verdad, quedan en libertad, y vagan y causan estragos. Pero las virtudes también quedan en libertad; y las virtudes vagan de un modo más salvaje, y las virtudes causan estragos más terribles. El mundo moderno está lleno de las viejas virtudes cristianas enloquecidas. Las virtudes han enloquecido porque se han aislado unas de otras y vagan en solitario.
Así algunos científicos se interesan por la verdad; y su verdad es implacable. Así algunos humanitarios solo se interesan por la piedad; y su piedad (siento decirlo) suele ser falsa.
Por ejemplo, el señor Blatchford ataca al cristianismo porque está obsesionado con una virtud cristiana: la virtud meramente mística y casi irracional de la caridad. Tiene la extraña idea de que facilitará el perdón de los pecados diciendo que no hay pecados que perdonar.
El señor Blatchford no solo es un cristiano primitivo, sino que es el único cristiano primitivo que realmente debería haber sido devorado por los leones. Pues en su caso la acusación pagana es verdaderamente cierta: su misericordia significaría la anarquía misma. Él es realmente el enemigo del género humano, porque es demasiado humano.
Como el otro extremo, podemos tomar al realista acre, que ha matado deliberadamente en su interior todo placer humano por los cuentos felices o por la sanación del corazón.
Torquemada torturó físicamente a la gente en aras de la verdad moral. Zola torturó moralmente a la gente en aras de la verdad física.
Pero en la época de Torquemada había al menos un sistema que podía, hasta cierto punto, hacer que la justicia y la paz se besasen. Ahora ni siquiera se saludan.
Pero un caso mucho más sólido que estos dos de la verdad y la piedad puede hallarse en el notable caso de la dislocación de la humildad.