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IV. La ética del País de los Elfos

Una ley implica que conocemos la naturaleza de la generalización y de la promulgación; no meramente que hemos advertido algunos de los efectos.

Si existe la ley de que los carteristas irán a la cárcel, esto implica que hay una conexión mental imaginable entre la idea de la cárcel y la idea de robar carteras. Y sabemos cuál es esa idea.

Podemos explicar por qué le quitamos la libertad a un hombre que se toma libertades. Pero no podemos explicar por qué un huevo puede convertirse en pollo, del mismo modo que no podemos explicar por qué un oso podría convertirse en un príncipe encantado. Como ideas, el huevo y el pollo están mucho más alejados el uno del otro que el oso y el príncipe; pues ningún huevo sugiere por sí mismo un pollo, mientras que algunos príncipes sí sugieren osos.

Concedido, pues, que ciertas transformaciones ocurren efectivamente, es fundamental que las consideremos a la manera filosófica de los cuentos de hadas, y no a la manera antifilosófica de la ciencia y de las «Leyes de la Naturaleza». Cuando se nos pregunta por qué los huevos se convierten en aves o las frutas caen en otoño, debemos responder exactamente como respondería el hada madrina si Cenicienta le preguntara por qué los ratones se convirtieron en caballos o sus ropas desaparecieron a las doce en punto. Debemos responder que es magia.

No es una «ley», pues no comprendemos su fórmula general. No es una necesidad, pues aunque podamos contar con que suceda en la práctica, no tenemos derecho a decir que deba suceder siempre. No es un argumento a favor de una ley inalterable (como imaginaba Huxley) el hecho de que contemos con el curso ordinario de las cosas. No contamos con él; apostamos por él. Arriesgamos la remota posibilidad de un milagro tal como lo Hacemos con la de un panqueque envenenado o un cometa destructor de mundos.

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