- El alma del mundo de los teósofos le pide al hombre que la ame solo para que el hombre pueda fundirse en ella. * Pero el centro divino del cristianismo en realidad arrojó al hombre fuera de sí para que este pudiera amarlo. La deidad oriental es como un gigante que hubiera perdido una pierna o una mano y estuviera buscando siempre encontrarla; pero el poder cristiano es como un gigante que, con extraña generosidad, se cortara la mano derecha para que esta pudiera, por propia voluntad, estrechar su mano. Volvemos a la misma nota incansable sobre la naturaleza del cristianismo; todas las filosofías modernas son cadenas que atan y aprisionan; el cristianismo es una espada que separa y libera. Ninguna otra filosofía hace que Dios se regocije verdaderamente con la separación del universo en almas vivas. Pero según el cristianismo ortodoxo, esta separación entre Dios y el hombre es sagrada, porque es eterna. Para que un hombre pueda amar a Dios es necesario que no solo haya un Dios a quien amar, sino también un hombre que lo ame. Todas esas mentes teosóficas vagas para las que el universo es un inmenso crisol son exactamente aquellas que se retraen instintivamente ante aquella frase sísmica de nuestros Evangelios, que declara que el Hijo de Dios no vino con paz, sino con una espada que divide. La frase suena completamente cierta incluso considerada como lo que obviamente es: la afirmación de que cualquier hombre que predique el amor verdadero está obligado a engendrar odio. Es tan verdad para la fraternidad democrática como para el amor divino; el amor falso termina en el compromiso y en la filosofía común, pero el amor verdadero siempre ha terminado en derramamiento de sangre. Sin embargo, hay otra verdad, aún más terrible, detrás del significado evidente de estas palabras de nuestro Señor. Según Él mismo, el
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VIII. El romance de la ortodoxia
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