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III. El suicidio del pensamiento

  • El mero interrogador ha golpeado su cabeza contra los límites del pensamiento humano; y se la ha agrietado. Esto es lo que hace tan fútiles las advertencias de los ortodoxos y las jactancias de los avanzados acerca de la peligrosa infancia del libre pensamiento. Lo que estamos contemplando no es la infancia del libre pensamiento; es la vejez y la disolución última del libre

En vano discuten los obispos y los beatos encumbrados sobre las cosas horribles que sucederán si el escepticismo desenfrenado sigue su curso. Ya lo ha seguido.

En vano hablan los ateos elocuentes de las grandes verdades que se revelarán una vez que veamos comenzar el libre pensamiento. Ya lo hemos visto terminar. No le quedan más preguntas por hacer; se ha cuestionado a sí mismo.

No se puede evocar ninguna visión más alocada que una ciudad en la que los hombres se preguntan si tienen un yo. No se puede imaginar un mundo más escéptico que aquel en el que los hombres dudan de que exista un mundo.

Ciertamente podría haber llegado a su bancarrota de forma más rápida y limpia de no haber estado débilmente entorpecida por la aplicación de leyes de blasfemia indefendibles o por la absurda pretensión de que la Inglaterra moderna es cristiana. Pero habría llegado a la bancarrota de todos modos.

Los ateos militantes siguen siendo injustamente perseguidos; pero más por ser una minoría antigua que por ser una nueva. El libre pensamiento ha agotado su propia libertad. Está cansado de su propio éxito.

Si algún librepensador entusiasta saluda ahora la libertad filosófica como el alba, es simplemente como aquel personaje de Mark Twain que salió

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