paciencia, su esfuerzo incansable, su devoción infinita por la Causa por la cual, hace apenas dos meses, entregó su vida.
Intentaré escribir con sencillez y relatar aquí cómo entró Ernest Everhard en mi vida: cómo lo conocí por primera vez, cómo creció hasta que pasé a formar parte de él, y los enormes cambios que obró en mi vida. De este modo podréis mirarlo a través de mis ojos y conocerlo como yo lo conocí... salvo en aquello que es demasiado secreto y dulce para ser contado.
Fue en febrero de 1912 cuando lo conocí por primera vez,5 cuando, invitado de mi padre a cenar, vino a nuestra casa en Berkeley. No puedo decir que mi primera impresión de él fuera favorable. Era uno más entre muchos en la cena, y en el salón donde nos reuníamos a esperar la llegada de todos, ofrecía un aspecto bastante incongruente. Era «la noche de los predicadores», como mi padre la llamaba en privado, y Ernest estaba sin duda fuera de lugar en medio de los eclesiásticos.
En primer lugar, su ropa no le quedaba bien. Llevaba un traje confeccionado de tela oscura que se adaptaba mal a su cuerpo. De hecho, ningún traje confeccionado habría podido ajustarse jamás a su cuerpo. Y en esta noche, como siempre, la tela abultaba con sus músculos, mientras que la chaqueta entre los hombros, a causa de su gran desarrollo muscular, era un laberinto de arrugas.
Su cuello era el cuello de un boxeador,6 grueso y fuerte. Así que este era el filósofo social y exherrador que mi padre había descubierto, fue mi pensamiento. Y desde luego tenía ese aspecto con aquellos músculos abultados y aquella garganta de toro. De inmediato lo clasifiqué: una especie de prodigio, pensé, un Tom Ciego7 de la clase trabajadora.
¡Y luego, cuando me dio la mano! Su apretón de manos era firme y fuerte, pero me miró con audacia con sus ojos negros; demasiado audacia, pensé.