¡Cómo vuelve la escena a mí! Puedo oírlo ahora, con ese tono de guerra en la voz, desollándolos con sus datos, cada dato un latigazo que dolía y volvía a doler. Y era despiadado. No daba cuartel,12 ni lo pedía. Nunca podré olvidar la paliza que les dio al final:
“Usted ha confesado repetidamente esta noche, ya sea mediante una afirmación directa o una declaración ignorante, que no conoce a la clase trabajadora. Pero no se le debe culpar por ello. ¿Cómo va a saber algo acerca de la clase trabajadora? Usted no vive en la misma localidad que la clase trabajadora. Se agrupa con la clase capitalista en otra localidad. ¿Y por qué no? Es la clase capitalista la que le paga, la que le alimenta, la que le pone la misma ropa que lleva puesta esta noche. Y a cambio usted predica a sus empleadores las clases de metafísica que les resultan especialmente aceptables; y las clases especialmente aceptables lo son porque no amenazan el orden establecido de la sociedad.”
Aquí hubo un revuelo de disensión alrededor de la mesa.
“Oh, no dudo de su sinceridad —continuó Ernest—.
Usted es sincero. Predica lo que cree. En eso radica su fuerza y su valor para la clase capitalista. Pero si cambiara sus creencias por algo que amenace el orden establecido, sus sermones serían inaceptables para sus empleadores, y lo despedirían. De tanto en tanto, a uno u otro de ustedes lo despiden por ese motivo.13 ¿No tengo razón?”
Esta vez no hubo disensión. Se sentaron con una aquiescencia muda, a excepción del doctor Hammerfield, quien dijo:
«Es cuando su forma de pensar es errónea cuando se les pide que dimitan».