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nydus/The Iron HeelPublic
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CAPÍTULO II. DESAFÍOS

Tras la marcha de los invitados, papá se dejó caer en un sillón y prorrumpió en carcajadas gargantuescas. Desde la muerte de mi madre no le había visto reírse con tantas ganas.

—Apuesto a que el doctor Hammerfield jamás se había encontrado con nada parecido en toda su vida —rió—. «¡Las cortesías de la controversia eclesiástica!». ¿Te fijaste en cómo empezó como un cordero —me refiero a Everhard— y en lo rápido que se convirtió en un león rugiente? Tiene una mente magníficamente disciplinada. Habría sido un buen científico si sus energías se hubieran canalizado en esa dirección.

No hace falta que diga que estaba profundamente interesada en Ernest Everhard. No era solo lo que había dicho y cómo lo había dicho, sino el hombre mismo. Nunca había conocido a un hombre como él. Supongo que por eso, a pesar de mis veinticuatro años, no me había casado.

Me gustaba; tenía que confesármelo a mí misma. Y el afecto que le tenía se basaba en cosas más allá del intelecto y la argumentación. A pesar de sus músculos prominentes y su garganta de luchador, me dio la impresión de ser un muchacho ingenuo. Sentía que, bajo la apariencia de un fanfarrón intelectual, se escondía un espíritu delicado y sensible. Lo presentía de maneras que no conocía, salvo por mis intuiciones de mujer.

Había algo en aquella llamada suya, clara como el clarín, que me llegó al corazón. Todavía me resonaba en los oídos, y sentía que me gustaría volver a oírla, y volver a ver aquel destello de risa en sus ojos que desmentía la apasionada seriedad de su rostro. Y había otros recovecos más lejanos de sentimientos vagos e indefinidos que se agitaban en mi interior. Por entonces casi llegué a amarle, aunque

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