Las puertas interiores de la entrada estaban cerradas con llave y cerrojo. No podíamos escapar.
Al momento siguiente pasó la vanguardia de la columna. No era una columna, sino una turba, un río espantoso que llenaba la calle, la gente del abismo, enloquecida por la bebida y la injusticia, al fin alzada y rugiendo por la sangre de sus amos. Yo había visto a la gente del abismo antes, había recorrido sus guetos y creía conocerla; pero descubrí que la estaba contemplando por primera vez. La apatía muda había desaparecido. Ahora era dinámica: un espectáculo fascinante de pavor.
Pasó ante mi vista en olas concretas de ira, chasqueando los dientes y gruñendo, carnívora, borracha de güisqui procedente de almacenes saqueados, borracha de odio, borracha de sed de sangre: hombres, mujeres y niños, en harapos y jirones, inteligencias oscuras y feroces con todo lo divino borrado de sus rasgos y todo lo diabólico grabado a fuego, simios y tigres, tísicos anémicos y grandes y peludas bestias de carga, rostros pálidos a los que la sociedad vampira les había succionado el jugo de la vida, formas abotagadas hinchadas de grosería física y corrupción, brujas marchitas y calaveras con barbas de patriarcas, juventud purulenta y vejez purulenta, rostros de demonios, monstruos torcidos, retorcidos y deformes destrozados por los estragos de la enfermedad y todos los horrores de la desnutrición crónica: el residuo y la escoria de la vida, una horda demoníaca, enfurecida, gritona, estridente.
¿Y por qué no? La gente del abismo no tenía nada que perder salvo la miseria y el dolor de vivir. ¿Y que ganar?—nada, salvo un último y terrible festín de venganza. Y mientras miraba, acudió a mi mente el pensamiento de que en aquella correntada de lava humana había hombres, camaradas y héroes, cuya misión había sido despertar a la bestia abismal y mantener al enemigo ocupado lidiando con ella.
Y ahora me ocurrió una cosa extraña. Una transformación se apoderó de mí. El miedo a la muerte, por mí y por los demás, me abandonó. Me