—Era el obispo Morehouse.
Pronto estuvimos en el verde campo, y eché una última mirada atrás hacia el cielo lleno de humo. Débil y lejano llegó el sordo estallido de una explosión. Luego recliné el rostro contra el pecho de Ernest y lloré en silencio por la Causa que se había perdido. El brazo de Ernest rodeándome era elocuente de amor.
“Por este tiempo perdido, querida mía —dijo—, pero no para siempre.
Hemos aprendido. Mañana la Causa volverá a levantarse, fuerte con sabiduría y disciplina”.
El automóvil se detuvo ante una estación de ferrocarril. Aquí tomaríamos un tren a Nueva York. Mientras esperábamos en el andén, tres trenes pasaron a toda velocidad, rumbo al oeste, hacia Chicago. Iban abarrotados de jornaleros harapientos y sin cualificación, gente del abismo.
—Levas de esclavos para la reconstrucción de Chicago —dijo Ernest—.
—Ya ves, los esclavos de Chicago están todos muertos.