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nydus/The Iron HeelPublic
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CAPÍTULO I. MI ÁGUILA

Verá, yo era una criatura del entorno y en ese momento tenía fuertes instintos de clase. Tal audacia por parte de un hombre de mi propia clase habría sido casi imperdonable. Sé que no pude evitar bajar los ojos, y me sentí muy aliviada cuando lo pasé de largo y me volví para saludar al obispo Morehouse, uno de mis favoritos, un hombre dulce y serio de mediana edad, de apariencia y bondad cristianas, y además un erudito.

Pero esa audacia que yo tomé por presunción era una pista vital sobre la naturaleza de Ernest Everhard. Era sencillo, directo, no le temía a nada y se negaba a perder el tiempo en manierismos convencionales.

«Me resultaste agradable —explicó mucho después—; ¿y por qué no iba a recrear los ojos con aquello que me agrada?».

He dicho que no le temía a nada. Era un aristócrata por naturaleza, y ello a pesar de encontrarse en el bando de los no aristócratas. Era un superhombre, una bestia rubia como las que ha descrito Nietzsche8, y además ardía de fervor democrático.

Con el interés de conocer a los demás huéspedes, y debido a mi desorillada impresión, me olvidé por completo del filósofo de la clase trabajadora, aunque una o dos veces en la mesa lo noté —especialmente el brillo en sus ojos mientras escuchaba la charla primero de un ministro y luego de otro—. Tiene sentido del humor, pensé, y casi le perdoné la ropa. Pero el tiempo pasó, y la cena pasó, y él nunca abrió la boca para hablar, mientras los ministros hablaban interminablemente sobre la clase trabajadora y su relación con la iglesia, y lo que la iglesia había hecho y estaba haciendo por ella. Noté que mi padre estaba molesto porque Ernest no hablaba. Una vez, padre aprovechó una pausa y le pidió que dijera algo; pero Ernest se

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