Ahora es el tiempo de la siembra para la unión continental, la fe y el honor. La más mínima grieta ahora será como un nombre grabado con la punta de un alfiler en la tierna corteza de un roble joven; la herida se agrandará con el árbol y la posteridad la leerá en caracteres de tamaño natural.
Al remitir el asunto de la discusión a las armas, se inaugura una nueva era para la política; ha surgido un nuevo método de pensar.
Todos los planes, propuestas, etc., anteriores al diecisiete de abril —es decir, al comienzo de las hostilidades— son como los almanaques del año pasado; los cuales, aunque adecuados entonces, hoy están superados e inútiles.
Todo lo que los defensores de ambos lados de la cuestión propusieron entonces, terminaba en uno y el mismo punto, a saber: la unión con Gran Bretaña; la única diferencia entre las partes era el método para llevarla a cabo; unos proponiendo la fuerza, los otros la amistad; pero ha ocurrido hasta ahora que la primera ha fracasado, y la segunda ha retirado su influencia.
Por mucho que se haya hablado de las ventajas de la reconciliación, la cual, como un sueño agradable, se ha desvanecido y nos ha dejado como estábamos, es justo que examinemos la otra cara del argumento y analicemos algunos de los muchos daños materiales que estas colonias sufren, y sufrirán siempre, por estar conectadas con la Gran Bretaña y ser dependientes de ella. Examinar esa conexión y dependencia según los principios de la naturaleza y el sentido común, para ver qué podemos esperar si nos severamos, y qué debemos aguardar si somos dependientes.
He oído afirmar a algunos que, así como América ha prosperado bajo su nexión anterior con la Gran Bretaña, esa misma conexión es necesaria para su felicidad futura y tendrá siempre el mismo efecto.