Nada puede ser más falaz que esta clase de argumento. Bien podríamos afirmar que, porque un niño ha prosperado a base de leche, no ha de probar nunca la carne, o que los primeros veinte años de nuestras vidas han de servir de precedente para los veinte siguientes. Pero incluso esto es admitir más de lo que es cierto, pues respondo categóricamente que América habría prosperado tanto, y probablemente mucho más, de no haber tenido ninguna potencia europea que ver con ella. El comercio con el cual se ha enriquecido son las necesidades de la vida, y siempre tendrán mercado mientras comer sea costumbre en Europa.
Pero nos ha protegido, dicen algunos. Que nos ha acaparado es verdad, y se admite que ha defendido el continente a expensas nuestras tanto como a las suyas, y habría defendido a Turquía por la misma razón, a saber, por amor al comercio y al dominio.
Ay, hace mucho que nos dejamos guiar por antiguos prejuicios y hemos hecho grandes sacrificios a la superstición.
Nos hemos jactado de la protección de la Gran Bretaña, sin considerar que su motivo era el INTERÉS, no el APRECIO; que no nos protegió de NUESTROS ENEMIGOS POR NUESTRA CUENTA, sino de LOS SUYOS POR LA SUYA PROPIA, de aquellos que no tenían ningún pleito con nosotros por ningún OTRO MOTIVO, y que siempre serán nuestros enemigos por el MISMO MOTIVO.
Si Gran Bretaña renuncia a sus pretensiones sobre el continente, o el continente se deshace de la dependencia, estaríamos en paz con Francia y España aunque estuvieran en guerra con Gran Bretaña. Las miserias de Hanóver en la última guerra deberían advertirnos contra las alianzas.
Se ha aseverado recientemente en el parlamento que las colonias no tienen más relación entre sí que a través de la metrópoli, es decir, que