La juventud es la época de la siembra de los buenos hábitos, tanto en las naciones como en los individuos.
Podría ser difícil, si no imposible, unificar el Continente bajo un solo gobierno de aquí a medio siglo. La vasta diversidad de intereses, propiciada por un incremento en el comercio y la población, crearía confusión. Colonia se opondría a colonia. Cada una, sintiéndose capaz, podría desdeñar la ayuda de la otra; y mientras las orgullosas y necias se gloriaran de sus pequeñas diferencias, las sabias lamentarían que la unión no se hubiera forjado antes.
Por tanto, el PRESENTE es el VERDADERO MOMENTO para establecerla.
La intimidad que se contrae en la infancia, y la amistad que se forja en la desgracia, son, entre todas, las más duraderas e inalterables. Nuestra unión actual está marcada por ambas características: somos jóvenes y hemos sufrido penalidades; pero nuestra concordia ha resistido a nuestros problemas y fija una era memorable de la cual la posteridad podrá enorgullecerse.
El tiempo presente, asimismo, es ese tiempo peculiar, que nunca le ocurre a una nación sino una vez, A SABER, el tiempo de constituirse en un gobierno.
La mayoría de las naciones han dejado escapar la oportunidad, y por ese medio se han visto obligadas a recibir leyes de sus conquistadores, en lugar de hacerse leyes a sí mismas.
Primero tuvieron un rey, y luego una forma de gobierno; mientras que los artículos o carta de gobierno deberían formarse primero, y después delegar en hombres su ejecución; pero de los errores de otras naciones aprendamos sabiduría y aprovechemos la oportunidad presente—PARA EMPEZAR EL GOBIERNO POR EL EXTREMO CORRECTO.