el más general, a saber: que si esta ruptura hubiera ocurrido dentro de cuarenta o cincuenta años, en lugar de AHORA, el Continente habría estado en mejores condiciones para sacudirse la dependencia. A lo que respondo que nuestra capacidad militar EN ESTE MOMENTO surge de la experiencia adquirida en la última guerra, la cual, en un plazo de cuarenta o cincuenta años, se habría extinguido por completo. Para entonces, el Continente no habría tenido ni un solo general, ni siquiera un oficial militar; y nosotros, o quienes nos sucedan, habríamos ignorado los asuntos marciales tanto como los antiguos indios: y esta única postura, analizada con atención, probará de manera incontestable que el momento actual es preferible a cualquier otro. El argumento se reduce a esto: al concluir la última guerra teníamos experiencia, pero nos faltaba número; y dentro de cuarenta o cincuenta años tendríamos número, sin experiencia; por tanto, el momento adecuado debe ser algún punto particular entre ambos extremos, en el cual permanezca una cantidad suficiente de la primera y se obtenga un incremento adecuado del segundo: y ese momento es el presente.
El lector perdonará esta digresión, ya que no entra propiamente bajo el epígrafe con el que empecé, y al cual regreso de nuevo mediante la siguiente proposición, a saber:
Si se enmiendan los asuntos con Gran Bretaña, y ella ha de seguir siendo la potencia gobernante y soberana de América (lo cual, tal como están ahora las circunstancias, es ceder por completo en la cuestión), nos privaremos de los medios mismos para saldar la deuda que tenemos o podamos contraer.
El valor de las tierras occidentales de las que algunas provincias son privadas clandestinamente mediante la injusta extensión de los límites de Canadá, valoradas tan solo en cinco libras esterlinas por cada cien acres, asciende a más de veinticinco millones en moneda de Pensilvania; y los cánones enfitéuticos, a un penique esterlinas por acre, a dos millones anuales.