El Discurso, si es que puede llamarse así, no es otra cosa que un libelo deliberado y audaz contra la verdad, el bien común y la existencia de la humanidad; y es un método formal y pomposo de ofrecer sacrificios humanos al orgullo de los tiranos.
Pero esta masacre general de la humanidad es uno de los privilegios, y la consecuencia cierta de los Reyes; pues así como la naturaleza NO los conoce, ellos NO LA conocen a ella, y aunque son seres de nuestra PROPIA creación, no nos conocen a NOSOTROS, y se han convertido en los dioses de sus creadores.
El Discurso tiene una buena cualidad, y es que no está calculado para engañar, ni nosotros podemos, aunque quisiéramos, ser engañados por él. La brutalidad y la tiranía se perciben a simple vista. No nos deja con dudas: y cada línea convence, aun en el momento de leerla, de que quien acecha los bosques en busca de presa, el indio desnudo e inculto, es menos salvaje que el Rey de Gran Bretaña.
Sir John Dalrymple, presunto autor de un plañidero escrito jesuítico, falazmente titulado «LA REPRESENTACIÓN DEL PUEBLO DE INGLATERRA A LOS HABITANTES DE AMÉRICA», ha dado acaso, a partir de la vana suposición de que la gente de AQUÍ iba a asustarse ante la pompa y la descripción de un rey, el verdadero carácter del actual (aunque de un modo muy imprudente por su parte): > «Pero —dice este autor—, si estáis inclinados a rendir homenajes a una administración de la que no nos quejamos» (refiriéndose a la del marqués de Rockingham en el momento de la abolición de la Ley del Timbre) «es muy injusto por vuestra parte negárselos a aquel príncipe, CON CUYO SOLO GESTO SE LES PERMITió HACER ALGO». ¡Esto es torysmo enconado! He aquí la idolatría incluso sin máscara: Y quien con tanta calma puede oír y digerir semejante doctrina ha