DESDE la publicación de la primera edición de este folleto, o más bien, el mismo día en que vio la luz, el Discurso del Rey hizo su aparición en esta ciudad.
Si el espíritu de profecía hubiera dirigido el nacimiento de esta obra, no la habría traído al mundo en una coyuntura más oportuna, ni en un momento más necesario.
La mentalidad sanguinaria del uno demuestra la necesidad de seguir la doctrina del otro. Los hombres leen a guisa de venganza. Y el Discurso, en vez de aterrorizar, allanó el camino para los varoniles principios de la Independencia.
Ceremonia, y aun silencio, por cualquiera motivo que surjan, tienen una tendencia nociva, cuando prestan el más mínimo grado de aprobación a actuaciones viles y perversas; por lo cual, si esta máxima es admitida, se sigue naturalmente que el Discurso del Rey, por ser una pieza de entera villanía, mereció, y aún merece, una execración general tanto por parte del Congreso como del pueblo.
Sin embargo, como la tranquilidad doméstica de una nación depende en gran medida de la CASTIDAD de lo que propiamente puede llamarse COSTUMBRES NACIONALES, a menudo es mejor pasar ciertas cosas por alto con silencioso desdén, antes que emplear nuevos métodos de repulsión que pudieran introducir la menor innovación en esa custodia de nuestra paz y seguridad.
Y tal vez se deba principalmente a esta prudente delicadeza que el Discurso del Rey no haya sufrido, hasta ahora, una ejecución pública.