sobre el suyo con las Indias Occidentales, el cual, al hallarse en las inmediaciones del continente, está enteramente a su merced.
Podría idearse algún método para mantener una fuerza naval en tiempo de paz, si no juzgáramos necesario sostener una armada permanente.
Si se otorgaran primas a los mercaderes para construir y emplear en su servicio barcos artillados con veinte, treinta, cuarenta o cincuenta cañones (siendo las primas proporcionales a la pérdida de carga útil para los mercaderes), cincuenta o sesenta de estos barcos, junto con unos pocos buques de guardia en servicio permanente, mantendrían una armada suficiente, y ello sin agobiarnos con el mal del que tanto se lamenta en Inglaterra, consistente en permitir que su flota, en tiempo de paz, se pudra en los diques.
Unir los resortes del comercio y de la defensa es una política sensata; pues cuando nuestra fuerza y nuestras riquezas actúan en connivencia mutua, no debemos temer a ningún enemigo externo.
En casi todo artículo de defensa abundamos. El cáñamo florece hasta la exageración, de modo que no nos faltará cordaje. Nuestro hierro es superior al de otros países. Nuestras armas ligeras, iguales a cualquiera en el mundo. Cañones podemos fundar a placer. Salitre y pólvora producimos todos los días. Nuestro conocimiento mejora a cada hora. La resolución es nuestro carácter inherente, y el valor jamás nos ha abandonado aún. Por lo tanto, ¿qué es lo que nos falta? ¿Por qué vacilamos? De Gran Bretaña no podemos esperar más que la ruina. Si se le permite una vez más gobernar a América, este Continente no merecerá la pena para vivir en él. Las rivalidades surgirán sin cesar; las insurrecciones sucederán constantemente; ¿y quién saldrá a sofocarlas? ¿Quién arriesgará su vida para someter a sus propios conciudadanos a una obediencia extranjera?