El comienzo de un viaje más largo
Era aún temprano en la mañana del día siguiente cuando, mientras paseaba por mi jardín con mi tía (que ahora hacía poco otro ejercicio, estando tan dedicada al cuidado de mi querida Dora), me avisaron de que el señor Peggotty deseaba hablar conmigo.
Vino al jardín a mi encuentro, saliendo a mitad de camino cuando yo me dirigía hacia la verja, y se descubrió la cabeza, como era siempre su costumbre al ver a mi tía, por quien sentía un gran respeto. Yo le había estado contando todo lo sucedido la noche anterior.
Sin decir una sola palabra, ella se acercó con rostro cordial, le estrechó la mano y le dio una palmada en el brazo. Fue un gesto tan expresivo que no necesitó decir una sola palabra. El señor Peggotty la comprendió tan bien como si le hubiera dicho mil.
—Entraré ahora, Trot —dijo mi tía—, y cuidaré a la Pequeña Flor de Azahar, que se levantará dentro de poco.
—No será por mí que está aquí, señora? —dijo el señor Peggotty—. A menos que haya perdido el juicio esta mañana —con lo que el señor Peggotty quería decir que se le había ido la cabeza—, ¿es por mi culpa que va a dejarnos?
—Tienes algo que decir, buen amigo —respondió mi tía—, y estarás mejor sin mí.
—Con su venia, señora —replicó el señor Peggotty—, le agradecería mucho, siempre y cuando no le moleste mi cháchara, que se quedara aquí.
—¿Lo harías? —dijo mi tía, con su habitual y breve buen carácter—. ¡Pues estoy segura de que yo también!
Así pues, pasó su brazo por el de Mr. Peggotty y caminó con él hasta un pequeño cenador cubierto de hojas que había al fondo del jardín, donde se sentó en un banco, y yo a su lado.
También había un asiento para Mr. Peggotty, pero él prefirió quedarse de pie, apoyando la mano en la pequeña mesa rústica.
Mientras estaba allí, mirando su gorra durante un rato antes de empezar a hablar, no pude evitar observar qué poder y fuerza de carácter expresaba su mano nervuda, y qué buena y fiel compañera era para su frente honesta y su cabello gris acero.
—Me llevé a mi querida niña anoche —comenzó el señor Peggotty, al tiempo que alzaba los ojos hacia los nuestros—, a mi hospedaje, donden he estado mucho tiempo esperándola y preparándolo todo para ella. Pasaron horas antes de que me reconociera bien; y cuando lo hizo, se arrodilló a mis pies, y me dijo con dulzura, como si estuviera rezando, cómo había sucedido todo. Pueden creerme, cuando oí su voz, aquella que había oído en casa con tanta alegría, y la vi humillada, como debió de estarlo en el polvo sobre el que nuestro Salvador escribió con su bendita mano, sentí que una herida se me clavaba en el ’azoncito, en medio de toda mi gratitud.
Se pasó la manga por la cara, sin ningún disimulo de por qué lo hacía; y luego se aclaró la voz.
“No fue por mucho tiempo que sentí eso; pues ella fue encontrada. Me bastaba con pensar que ella estaba encontrada, y eso se esfumaba. No sé por qué habré de mencionarlo ahora, la verdad. No tenía en mente, hace ni un minuto, decir una sola palabra sobre mí; pero surgió de un modo tan natural, que cedí antes de darme cuenta”.
—Eres un alma abnegada —dijo mi tía—, y tendrás tu recompensa.
Mr. Peggotty, con las sombras de las hojas jugando sobre su rostro, hizo una inclinación de cabeza sorprendida hacia mi tía, en reconocimiento a su buena opinión; luego retomó el hilo que había abandonado.
—Cuando mi Em’ly huyó —dijo, con severa cólera por un instante—, de la casa onde la tenían prisionera aquela serpiente manchada que el amo Davy vio —¡y su historia es verdá, y que Dios lo maldiga!—, huyó por la noche. Era una noche oscura, con muchas estrellas brillando. Estaba loca.
Corrió por la playa del mar, creyendo que el viejo barco estaba allí; y nos gritaba que apartáramos la cara, pues ella iba a pasar. Se oía a sí misma gritando, como si fuera otra persona; y se cortaba con aquellas piedras y rocas de punta afilada, y no lo sentía más que si hubiera sido roca ella misma.
Muy lejos corrió, y había fuego ante sus ojos y bramidos en sus oídos. De repente —o eso creía ella, ya entiende—, rompió el día, húmedo y ventoso, y ella yacía debajo de un montón de piedra en la orilla, y una mujer le hablaba diciéndole, en la lengua de aquel país, qué era lo que había ido tan mal.
Él vio todo lo que relató. Pasó ante él, mientras hablaba, con tanta viveza que, en la intensidad de su fervor, me presentó lo que describía con mayor claridad de la que puedo expresar.
Apenas puedo creer, al escribir ahora mucho tiempo después, que no estuviera realmente presente en estas escenas; se me han grabado con un aire de fidelidad tan asombroso.
—A medida que los ojos de Em’ly—que estaban pesados—vieron mejor a esta mujer—prosiguió el señor Peggotty—, ella reconoció que era una de aquellas con las que a menudo había hablado en la playa. Pues, aunque había huido (como he dicho) muchísimo en la noche, muchas veces había andado grandes trechos, en parte a pie, en parte en barcas y carruajes, y conocía toda aquella región, a lo largo de la costa, millas y millas. Esta mujer no tenía hijos propios, por ser una esposa joven; pero esperaba tener uno antes de mucho. ¡Y que mis plegarias suban al Cielo para que sea una felicidad para ella, un consuelo y un honor toda su vida! ¡Que la ame y le sea obediente en su vejez, que la ayude hasta el final; un ángel para ella aquí y en la otra vida!
—¡Amén! —dijo mi tía.
—Había estado un tanto temerosa y cabizbaja —dijo el señor Peggotty—, y al principio se había sentado un poco apartada, con su rueca, o el trabajo que fuera, cuando Em'ly les hablaba a los niños. Pero Em'ly se había fijado en ella, y había ido a hablarle; y como a la joven le encariñaban los niños, no tardaron en hacerse amigas. Tanto es así que, cuando Em'ly iba por allí, siempre le daba flores. Fue ella la que ahora preguntó qué era lo que andaba tan mal. Em'ly se lo contó, y ella... se la llevó a su casa. De verdad que sí. Se la llevó a su casa —dijo el señor Peggotty, cubriéndose el rostro.
Este acto de bondad lo conmovió más de lo que jamás le había visto conmoverse por nada desde la noche en que ella se fue.
Mi tía y yo no intentamos molestarlo.
“Era una casita pequeña, como podéis suponer —dijo al poco rato—, pero encontró sitio en ella para Em’ly —su marido estaba ausente en la mar—, y la mantuvo oculta, y persuadió a los vecinos que tenía —que no eran muchos por allí cerca— para que también la mantuvieran oculta”.
Em’ly le dio calentura, y lo que se me hace muy extraño —quizá no sea tan extraño para los cultos— es que se le fue de la cabeza el idioma de aquel país y solo podía hablar el suyo, que nadie entendía. Recuerda, como si lo hubiera soñado, que se pasaba el tiempo hablando en su lengua, creyendo siempre que el viejo bote estaba al otro lado de la siguiente punta de la bahía, y suplicándoles e implorándoles que mandaran a alguien ahí a decir cómo se estaba muriendo, y que trajeran de vuelta un mensaje de perdón, aunque no fuera más que una palabra.
Casi todo el tiempo pensaba —ora, que aquel de quien hice mención hace un momento estaba acechando debajo de la ventana; ora, que aquel que la había traído a esto estaba en el cuarto— y le suplicaba a la buena mujer joven que no la entregara, y sabía, al mismo tiempo, que no podía entenderla, y temía que se la tuvieran que llevar. Asimismo el fuego estaba ante sus ojos, y los rugidos en sus oídos; y no había hoy, ni ayer, ni tampoco mañana; sino que todo en su vida que alguna vez había sido, o que alguna vez podría ser, y todo lo que nunca había sido, y lo que nunca podría ser, se le agolpaba de golpe, y nada era claro ni bienvenido, ¡y sin embargo cantaba y se reía de ello!
Cuánto tiempo duró esto, no lo sé; pero entonces vino un sueño; y en ese sueño, de ser mucho más fuerte que su propio ser, cayó en la debilidad del niño más pequeño.
Aquí se detuvo, como en busca de alivio ante los terrores de su propia descripción.
Tras guardar silencio unos momentos, continuó su relato.
«Era una tarde apacible cuando despertó; y tan silenciosa, que no se oía más que el rumor de aquel mar azul sin mareas al romper contra la orilla. Al principio, creía estar en su casa un domingo por la mañana; pero las hojas de parra que veía en la ventana y las colinas al fondo no eran su hogar, y la contradecían. Luego entró su amiga para velar junto a su cama; y entonces supo que el viejo bote ya no estaba a la vuelta de aquel cabo en la bahía, sino muy lejos; y supo dónde estaba y por qué; ¡y rompió a llorar sobre el pecho de aquella buena joven, donde espero que esté reposando su bebé ahora, consolándola con sus bonitos ojos!»
No podía hablar de esta buena amiga de Emily sin que se le saltaran las lágrimas. Fue en vano intentarlo. ¡Volvió a venirse abajo mientras intentaba bendecirla!
—Eso le hizo mucho bien a mi Em’ly —continuó, después de una emoción que no pude presenciar sin compartirla; y en cuanto a mi tía, lloraba con todo su corazón—; eso le hizo bien a Em’ly, y empezó a mejorar. Pero se le había olvidado por completo el idioma de aquel país, y se veía obligada a hacerse entender por señas. Así siguió, mejorando día a día, despacio, pero con seguridad, y tratando de aprender los nombres de las cosas comunes —nombres que parecía no haber oído en toda su vida—, hasta que llegó una tarde en que estaba sentada a su ventana, mirando a una niña que jugaba en la playa. Y de repente esta niña le tendió la mano y dijo lo que en inglés sería: «¡Hija de pescador, aquí tienes una caracola!» —porque deben entender que al principio solían llamarla «Bella señora», como es costumbre general en aquel país, y que ella les había enseñado a llamarla «Hija de pescador» en su lugar—. La niña dice de repente: «¡Hija de pescador, aquí tienes una caracola!». Entonces Em’ly la entiende; y le responde, rompiendo a llorar; ¡y todo vuelve a su mente!
“Cuando Em’ly volvió a estar fuerte —dijo el señor Peggotty, tras otro breve intervalo de silencio—, maquinó la forma de dejar a aquella buena y joven criatura y regresar a su tierra. El marido ya había regresado entonces; y entre los dos la embarcaron en un pequeño mercante con destino a Livorno, y de allí a Francia.
Tenía un poco de dinero, pero era menos que nada para lo que querían cobrar por todo lo que hicieron. ¡Casi me alegro de ello, aunque eran tan pobres! Lo que hicieron está guardado allí donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde los ladrones no minan ni hurtan. Mas’r Davy, eso perdurará más que todos los tesoros del mundo”.
“Em’ly se fue a Francia, y entró a servir de doncella a unas viajeras en una posada del puerto. Allí, allí se presentó un día aquella serpiente.—¡Que no se acerque jamás a mí! ¡No sé qué daño podría hacerle!—En cuanto lo vio, sin que él la viera, le volvieron todo el miedo y el espanto, y huyó de su mismísimo aliento. Vino a Inglaterra, y la desembarcaron en Dover.
—No sé —dijo el señor Peggotty— a ciencia cierta cuándo empezó a flaquear su corazón; pero durante todo el viaje a Inglaterra había pensado en venir a su querido hogar. Apenas llegó a Inglaterra volvió el rostro hacia él. Pero el miedo a no ser perdonada, el miedo a que la señalasen con el dedo, el miedo a que alguno de nosotros hubiera muerto por su culpa, el miedo a muchas cosas, la apartó de él por la fuerza, por decirlo así, en el camino:
«Tío, tío —me dice—, ¡el miedo a no ser digna de hacer lo que mi pecho desgarrado y sangrante tanto anhelaba hacer fue el miedo más espantoso de todos! Retrocedí cuando mi corazón rebosaba de plegarias para poder arrastrarme hasta el viejo umbral, por la noche, besarlo, apoyar en él mi malvado rostro y ser encontrada allí muerta por la mañana».
—Ha venido —dijo el señor Peggotty, bajando la voz hasta convertirla en un susurro sobrecogedor— a Londres. Ella —que en su vida lo había visto— sola— sin un céntimo— joven— tan bonita— ha venido a Londres. Casi en el mismo momento en que puso el pie aquí, tan desamparada, encontró (según creyó) a una amiga; a una mujer decente que le habló del trabajo de costura en el que la habían criado, de encontrarle un montón de él, de un alojamiento para la noche y de hacer indagaciones secretas sobre mí y los de casa, al día siguiente.
Cuando mi niña —dijo en voz alta, y con una energía de gratitud que lo sacudió de pies a cabeza— estuvo al borde de más de lo que puedo decir o imaginar, Martha, fiel a su promesa, la salvó.
No pude reprimir un grito de alegría.
—¡Mas’r Davy! —dijo, apretándome la mano con su fuerte mano—, fue usted quien primero me habló de ella. ¡Se lo agradezco, señor! Ella era sincera. Con su amarga experiencia sabía dónde vigilar y qué hacer. Lo había hecho. ¡Y el Señor estaba por encima de todo! Llegó junto a Em’ly, pálida y apresurada, mientras dormía. Le dice: «¡Levántate de algo peor que la muerte y vente conmigo!». Los de la casa habrían querido detenerla, pero habrían podido detener el mar con la misma facilidad. «¡Apártense de mí! —dice—. ¡Soy un fantasma que la llama desde la orilla de su tumba abierta!». Le dijo a Em’ly que me había visto, que sabía que la amaba y que la perdonaba. La envolvió deprisa en sus ropas. Se la llevó, desmayada y temblorosa, en brazos. No hizo más caso de lo que decían que si no hubiera tenido oídos. ¡Caminó entre ellos con mi hija, sin prestar atención más que a ella, y la sacó a salvo, en lo más hondo de la noche, de aquel negro pozo de ruina!
“Ella cuidó de mi Em’ly”, dijo el señor Peggotty, que había soltado mi mano y se había puesto su propia mano sobre el pecho agitado; “ella atendió a mi Em’ly, que yacía extenuada y divagando a ratos, hasta bien entrado el día siguiente.
Luego salió en mi busca; luego en la vuestra, Mas’r Davy. No le dijo a Em’ly a qué venía, no fuera a fallarle el corazón y le diera por esconderse.
Cómo supo la cruel señora que ella estaba allí, no sabría decirlo. Si aquel de quien tanto he hablado por casualidad los vio ir allí, o si (lo que a mi parecer es más probable) se lo había oído a la mujer, no me lo pregunto mucho a mí mismo.
Mi sobrina ha aparecido.
—Durante toda la noche —dijo el señor Peggotty—, hemos estado juntos, Em’ly y yo. Es poco (considerando el tiempo) lo que ella ha dicho, en palabras, a través de esas lágrimas de corazón roto; es menos lo que he visto de su querido rostro, que creció convertido en mujer junto a mi hogar. Pero, durante toda la noche, sus brazos han estado alrededor de mi cuello; y su cabeza ha reposado aquí; y sabemos muy bien que podemos confiar el uno en el otro, para siempre.
Cesó de hablar, y su mano sobre la mesa quedó allí en perfecta quietud, con una resolución en ella que podría haber vencido a los leones.
—Fue un rayo de luz para mí, Trot —dijo mi tía, secándose los ojos—, cuando tomé la resolución de ser madrina de tu hermana Betsey Trotwood, la cual me defraudó; pero, después de eso, ¡casi nada me habría dado mayor placer que ser madrina del hijo de esa buena y joven criatura!
Mr. Peggotty asintió comprendiendo los sentimientos de mi tía, pero no se atrevió a hacer ninguna referencia verbal al motivo de su elogio. Todos permanecimos en silencio, ocupados en nuestras propias reflexiones (mi tía secándose los ojos, y ahora sollozando convulsivamente, y ahora riendo y llamándose a sí misma tonta); hasta que hablé.
—Ya lo tienes decidido del todo —le dije al señor Peggotty— respecto al futuro, buen amigo? Apenas necesito preguntártelo.
—Bastante, amo Davy —respondió—, y se lo dije a Em’ly. Hay países inmensos, lejos de aquí. Nuestra vida futura se halla al otro lado del mar.
—Emigrarán juntos, tía —dije.
—¡Sí! —dijo el señor Peggotty, con una sonrisa llena de esperanza—. ¡Nadie va a poder reprocharle nada a mi niña en Australia! ¡Empezaremos una nueva vida allá!
Le pregunté si aún tenía previsto algún plazo para marcharse.
—Estuve en los muelles temprano esta mañana, señor —replicó—, para recabar información acerca de esos barcos. De aquí a unas seis semanas o dos meses, habrá uno que zarpe —lo vi esta mañana, subí a bordo— y en él tomaremos pasaje.
“¿Completamente sola?” pregunté.
—¡Vaya, amo Davy! —respondió él—.
«Mi hermana, ya ve usted, le tiene tanto cariño a usted y a los suyos, y está tan acostumbrada a pensar únicamente en su propio país, que no sería muy justo dejarla marchar. Además de eso, hay alguien a quien ella cuida, amo Davy, que no se debe olvidar».
—¡Pobre Ham! —dije.
—Mi buena hermana se encarga de su casa, ya ve, señora, y él le ha tomado mucho cariño —explicó el señor Peggotty para mejor información de mi tía—.
—Se sienta a hablar con él, con el espíritu tranquilo, cuando parece que no podría abrir los labios ante ningún otro. ¡Pobre muchacho! —dijo el señor Peggotty, moviendo la cabeza—, ¡no le queda tanto como para poder prescindir de lo poco que tiene!
—¿Y la señora Gummidge? —dije.
—Pues la verdad es que le he estado dando muchas vueltas, se lo aseguro —replicó el señor Peggotty, con una expresión de desconcierto que fue disipándose poco a poco a medida que hablaba—, en lo que respecta a la señora Gummidge. Verá, cuando la señora Gummidge le da por pensar en el difunto, no es lo que se dice buena compañía. Entre usted y yo, amo Davy (y usted, señora), cuando a la señora Gummidge le da por gimotear —nuestra antigua palabra de campo para decir llorar—, es propensa a parecerle a quienes no conocían al difunto algo cascarrabias. Pues bien, yo sí conocía al difunto —dijo el señor Peggotty—, y conocía sus virtudes, así que la entiendo; ¡pero no pasa del todo lo mismo, ya ve usted, con los demás, lo cual es muy natural!
Mi tía y yo accedimos.
—Por lo cual —dijo el señor Peggotty—, mi hermana podría —no digo que lo haría, pero podría— causarle a la señora Gummidge un poquito de molestia de vez en cuando. Por lo tanto, no está en mis intenciones amarrar a la señora Gummidge junto con ellos, sino buscarle un moradero donde pueda vividetenerse por sí misma.
(Un moradero significa, en ese dialecto, un hogar, y vividetenerse es valerse por sí misma).
—Con cuyo propósito —dijo el señor Peggotty—, es mi intención dejarle una asignación antes de marcharme, que la dejará bastante cómoda. Es la criatura más fiel. No ha de esperarse, por supuesto, a su edad, y estando sola y abandonada, que la buena vieja madre ande dando tumbos a bordo de un barco, y por los bosques y selvas de un país nuevo y lejano. Así que eso es lo que voy a hacer con ella.
No se olvidó de nadie. Pensó en las pretensiones y los esfuerzos de todos, menos en los suyos.
—Em’ly —continuó—, se vendrá conmigo —¡pobre niña, bien necesitada está de paz y descanso!—, hasta el momento en que emprendamos el viaje. Ella trabajará en esa ropa que hay que hacer; y espero que sus penas empiecen a parecerle más lejanas de lo que eran, cuando se encuentre una vez más junto a su áspero pero cariñoso tío.
Mi tía asintió en confirmación de esta esperanza, y causó una gran satisfacción al señor Peggotty.
—Hay otra cosa más, amo Davy —dijo, metiéndose la mano en el bolsillo del pecho y sacando con seriedad el pequeño paquete de papel que yo había visto antes, el cual desató sobre la mesa.
—Aquí están estos billetes de banco: cincuenta libras y diez. A ellos deseo agregar el dinero con el que ella se marchó. Le he preguntado acerca de eso (pero sin decirle por qué) y lo he sumado. No soy un hombre culto. ¿Sería tan amable de comprobar cómo está?
Me entregó, disculpándose por su erudición, un trozo de papel, y me observó mientras lo examinaba. Estaba completamente bien.
—Gracias, señor —dijo, tomándolo de nuevo—.
Este dinero, si no ve inconveniente, Mas’r Davy, lo guardaré justo antes de irme, en un sobre dirigido a él; y meteré ese en otro, dirigido a su madre. Le diré, en no más palabras de las que le digo a usted, para qué es el precio; y que me he ido, y ya no puedo recibirlo de vuelta.
Le dije que creía que sería lo correcto hacerlo —que estaba plenamente convencida de que así sería, ya que él sentía que era lo correcto.
—Dije que ha-abía una sola cosa más —prosiguió con una sonrisa grave, cuando hubo hecho de nuevo su pequeño atado y se lo hubo guardado en el bolsillo—; pero ha-abía dos. No estaba seguro en mi mente, cuando salí esta mañana, de poder ir a comunicarle a Ham, por mí mismo, lo que tan felizmente había sucedido. Así que escribí una carta mientras estaba fuera, y la eché en el correo, diciéndole cómo estaban las cosas tal cual son; y que bajaría mañana para desahogar mi conciencia de lo poco que falta por hacer por allí y, muy probablemente, despedirme para siempre de Yarmouth.
—¿Y deseas que vaya contigo? —dije, al ver que dejaba algo sin decir.
—Si pudiera hacerme ese tipo de favor, amo Davy —respondió—, sé que verle los alegraría un poco el ánimo.
Estando mi pequeña Dora de muy buen humor, y con muchas ganas de que fuera —según descubrí al hablarlo con ella—, me comprometí de buen grado a acompañarle de acuerdo con su deseo. A la mañana siguiente, por consiguiente, íbamos en el coche de Yarmouth, viajando nuevamente por el viejo camino.
Al pasar de noche por la calle conocida —el señor Peggotty, a pesar de todas mis protestas, cargando con mi bolsa—, eché un vistazo al taller de Omer y Joram, y vi allí a mi viejo amigo el señor Omer, fumando su pipa. Sentí recelo de estar presente cuando el señor Peggotty se encontrara por primera vez con su hermana y con Ham; y tomé al señor Omer como pretexto para quedarme atrás.
—¿Cómo está el señor Omer, después de este largo tiempo? —dije al entrar.
Apartó el humo de su pipa con la mano para poder verme mejor, y pronto me reconoció con gran alegría.
—Debería levantarme, señor, para corresponder a un honor como esta visita —dijo—, solo que mis extremidades están un tanto indispuestas y me llevan en silla de ruedas. A excepción de mis extremidades y mi aliento, no obstante, estoy tan lozano como un hombre puede estarlo, gracias a Dios.
Lo felicité por su aspecto satisfecho y su buen ánimo, y advertí, ahora, que su sillón tenía ruedas.
—Es un invento ingenioso, ¿verdad? —preguntó, siguiendo la dirección de mi mirada y lustrándose el codo de la chaqueta con el brazo—.
Rodar, rueda con la ligereza de una pluma, y marcha tan derecho como una diligencia del correo. ¡Válgame Dios, mi pequeña Minnie —mi nieta sabe, la hija de Minnie— apoya sus fuerzas contra el respaldo, le da un empujón y allá vamos, tan apañados y alegres como jamás haya visto cosa igual! Y le diré una cosa: es una silla de lo más extraordinaria para fumarse una pipa.
Nunca he visto a un buen hombre tan dispuesto a sacar el mejor partido de las cosas y a hallarles el lado agradable como el señor Omer. Estaba tan radiante como si su sillón, su asma y la invalidez de sus extremidades fueran los diversos componentes de un gran invento para realzar el placer de fumar en pipa.
“Veo más mundo, le puedo asegurar”, dijo el señor Omer, “en este sillón, que el que vi nunca fuera de él. ¡Se sorprendería de la cantidad de gente que se asoma al día a charlar! ¡Ya lo creo!
Hay el doble de cosas en el periódico, desde que ocupo este sillón, de las que solía haber. En cuanto a lectura general, ¡caramba, qué cantidad me trago! ¡Eso es lo que noto con tanta fuerza, sabe!
Si hubieran sido mis ojos, ¿qué habría hecho? Si hubieran sido mis oídos, ¿qué habría hecho? Siendo mis extremidades, ¿qué importa? Vaya, mis extremidades solo hacían que me faltara el aliento cuando las usaba. Y ahora, si quiero salir a la calle o bajar a la arena, solo tengo que llamar a Dick, el aprendiz más joven de Joram, y allá voy en mi propio carruaje, como el alcalde de Londres”.
Aquí casi se ahoga de risa.
—¡Que el Señor lo bendiga! —dijo el señor Omer, volviendo a tomar su pipa—; uno tiene que aceptar las buenas con las malas; a eso debe resignarse uno en esta vida. Joram tiene un negocio estupendo. ¡Ex-celente negocio!
—Me alegra mucho oírlo —dije.
—Ya sabía yo que lo estaría —dijo el señor Omer—. Y Joram y Minnie son como dos tortolitos. ¿Qué más puede pedir un hombre? ¡Qué le importan las piernas a uno ante eso!
Su soberbio desprecio por sus propias extremidades, mientras se sentaba a fumar, era una de las rarezas más gratas que jamás haya encontrado.
—Y desde que yo me he dado a la lectura general, usted se ha dado a la escritura general, ¿eh, señor? —dijo el señor Omer, mirándome con admiración—. ¡Qué obra tan hermosa fue esa suya! ¡Qué expresiones tiene! La leí de cabo a cabo, palabra por palabra. ¡Y lo de que dé sueño! ¡De eso nada!
Expresé mi satisfacción entre risas, pero debo confesar que esta asociación de ideas me pareció significativa.
—Le doy mi palabra y mi honor, caballero —dijo el señor Omer—, de que cuando pongo ese libro sobre la mesa y lo miro por fuera; compacto en tres separtadas e indi-wi-duales wollúmenes —uno, dos, tres—, me siento más orgulloso que un tonto al pensar que alguna vez tuve el honor de estar emparentado con su familia. Y válgame Dios, hace ya mucho tiempo de aquello, ¿verdad? Allá en Blunderstone. Con un lindo partidito enterrado junto al otro partidito. Y usted entonces un partidito de nada, ¡Válgame Dios!
Cambié de tema haciendo referencia a Emily. Después de asegurarle que no olvidaba cuán interesado había estado siempre en ella, y cuán amablemente la había tratado siempre, le di un relato general de su reencuentro con su tío gracias a la ayuda de Martha, lo cual sabía que complacería al viejo. Él escuchó con la máxima atención y dijo, con emoción, cuando hube terminado:
—¡Me alegro muchísimo de ello, señor! Es la mejor noticia que he oído en muchos días. ¡Dios, Dios, Dios! ¿Y qué se va a emprender ahora por esa desafortunada joven, Martha?
—Toca usted un punto en el que mis pensamientos han estado morando desde ayer —dije—, pero sobre el cual no puedo darle información todavía, señor Omer. El señor Peggotty no ha aludido a él, y a mí me da reparo hacerlo. Estoy seguro de que no lo ha olvidado. Él no olvida nada que sea desinteresado y bueno.
“Porque ya sabe usted —dijo el señor Omer, retomando el hilo donde lo había dejado—, se haga lo que se hágase, me gustaría ser partícipe. Anóteme con lo que considere correcto y hágamelo saber. Jamás pude pensar que la muchacha fuera del todo mala, y me alegra ver que no lo es. Lo mismo le pasará a mi hija Minnie. Las jóvenes son criaturas contradictorias en algunas cosas —su madre era exactamente igual que ella—, pero tienen el corazón blando y bondadoso. Lo de Minnie con respecto a Martha es pura fachada. Por qué considera necesario dar esa fachada, no me atrevo a decirle. Pero es pura fachada, Dios los bendiga. Le haría cualquier favor en privado. Así pues, ¿sería tan amable de anotarme con lo que usted considere correcto y enviarme unas líneas para saber dónde remitirlo?
¡Dios mío! —dijo el señor Omer—, cuando un hombre se acerca a una etapa de la vida en la por fin se unen los dos extremos de la existencia; cuando se ve a sí mismo, por muy fuerte que esté, siendo paseado por segunda vez en una especie de andador, debería estar más que encantado de hacer una buena obra si puede. Se necesita mucho. Y no lo digo por mí en particular —dijo el señor Omer—, porque, caballero, la forma en que lo veo es que todos vamos rodando hacia el pie de la colina, tengámos la edad que tengamos, debido a que el tiempo nunca se detiene ni por un solo instante. Así pues, hagamos siempre una buena obra y estemos más que encantados. ¡Por supuesto!
Dio unos golpecitos a la pipa para vaciar la ceniza y la colocó en una repisa en la parte trasera de su silla, hecha expresamente para tal fin.
—Ahí está el primo de Em’ly, aquel con el que se iba a casar —dijo el señor Omer, frotándose las manos débilmente—, ¡un muchacho tan bueno como el que más en Yarmouth! A veces viene y se queda charlando o leyéndome un rato largo por la tarde. ¡Eso sí que lo considero una bondad! Toda su vida es una bondad.
—Voy a verle ahora —dije.
—¿De veras? —dijo el señor Omer—. Dile que estoy muy bien y que le recuerdo. Minnie y Joram están en un baile. Si estuvieran en casa, les daría tanta alegría verte como a mí. Verás, Minnie apenas sale de casa, «por culpa de padre», según dice. Así que esta noche le juré que, si no iba, me iría a la cama a las seis. Y como resultado de esto —el señor Omer se sacudió a sí mismo y a su silla con risa por el éxito de su ardid—, ella y Joram están en un baile.
Le di la mano y le deseé buenas noches.
—Media hora, señor —dijo el señor Omer—. Si se fuera sin ver a mi elefantito, se perdería el mejor de los espectáculos. ¡Jamás ha visto semejante espectáculo! ¡Minnie!
Una vocecita musical respondió desde algún lugar de la planta alta: «¡Ya voy, abuelo!», y una niña bonita, de largo cabello rubio y rizado, no tardó en entrar corriendo a la tienda.
—Este es mi pequeño elefante, señor —dijo el señor Omer, acariciando a la niña—. De raza siamesa, señor. ¡Vamos, pequeño elefante!
El pequeño elefante abrió la puerta del salón, permitiéndome ver que, en estos últimos tiempos, se había convertido en un dormitorio para el señor Omer, a quien no se le podía subir fácilmente al piso de arriba; y luego escondió su bonita frente y revolvió su largo pelo contra el respaldo de la silla del señor Omer.
«Los topetazos del elefante, ya sabe, señor —decía el señor Omer, guiñando un ojo—, cuando arremete contra algo. Una vez, elefante. Dos veces. ¡Tres veces!»
A esta señal, el pequeño elefante, con una destreza casi maravillosa en un animal tan pequeño, giró la silla de un golpe con el señor Omer dentro y la metió a toda velocidad, en desbandada, en el saloncito, sin tocar el quicio de la puerta: el señor Omer disfrutaba indescriptiblemente de la función y me miraba por encima del hombro durante el trayecto como si fuera el resultado triunfal de los esfuerzos de toda su vida.
Después de un paseo por el pueblo, fui a la casa de Ham.
Peggotty se había mudado allí definitivamente y había alquilado su propia casa al sucesor del señor Barkis en el negocio de transporte, quien le había pagado muy bien por la clientela, el carro y el caballo.
Creo que el mismísimo caballo lento que conducía el señor Barkis seguía trabajando.
Los encontré en la ordenada cocina, acompañados por la señora Gummidge, a quien el propio señor Peggotty había ido a buscar al viejo bote. Dudo que nadie más hubiera logrado persuadirla de abandonar su puesto. Evidentemente, él ya les había contado todo.
Tanto Peggotty como la señora Gummidge tenían los delantales en los ojos, y Ham acababa de salir «a dar una vuelta por la playa». Al poco rato regresó a casa, muy contento de verme; y confío en que a todos les hizo bien mi presencia.
Hablamos, con cierto vislumbre de alegría, de que el señor Peggotty se haría rico en un nuevo país y de las maravillas que describiría en sus cartas. No dijimos nada de Emily por su nombre, pero nos referimos a ella indirectamente más de una vez. Ham era el más sereno del grupo.
Pero Peggotty me dijo, mientras me alumbraba hacia una pequeña habitación donde el libro del cocodrilo me esperaba sobre la mesa, que él siempre era el mismo.
Ella creía (me dijo, llorando) que tenía el corazón roto; aunque era tan valiente como tierno, y trabajaba más y mejor que cualquier carpintero de ribera en cualquier astillero de toda aquella zona.
Había momentos, decía, por la noche, en que él hablaba de su antigua vida en el bote; y entonces mencionaba a Emily como a una niña. Pero nunca la mencionaba como a una mujer.
Me pareció leer en su rostro que le gustaría hablar a solas conmigo. Por lo tanto, resolví ponerme en su camino a la tarde siguiente, cuando regresaba del trabajo. Una vez decidido esto, me quedé dormido. Esa noche, por primera vez en todas esas muchas noches, quitaron la vela de la ventana, el señor Peggotty se mecía en su vieja hamaca dentro del viejo bote, y el viento murmuraba con el viejo sonido alrededor de su cabeza.
Todo el día siguiente lo pasó ocupado en deshacerse de su barca de pesca y sus aparejos; en empaquetar y enviar a Londres en carro aquellas pocas pertenencias domésticas que creía que le serían útiles, y en desprenderse del resto o regalárselo a la señora Gummidge.
Estuvo con él todo el día. Como tenía el triste deseo de ver el viejo lugar una vez más, antes de que lo cerraran, quedé en reunirme con ellos allí por la noche. Pero lo dispuse de tal manera que me encontraría primero con Ham.
Era fácil cruzarse en su camino, pues yo sabía dónde trabajaba. Fui a su encuentro en una zona apartada de la playa que sabía que él solía cruzar, y di la vuelta para caminar con él, a fin de que tuviera tiempo de hablarme si de verdad lo deseaba. No me había equivocado en la expresión de su rostro. Apenas habíamos andado un trecho juntos cuando me dijo, sin mirarme:
—¿Mas’r Davy, la has visto?
—Solo por un momento, cuando estaba desmayada —respondí con suavidad.
Caminamos un poco más y él dijo:
–¿Mas’r Davy, cree que la verá?
—Tal vez le resultaría demasiado doloroso —dije yo.
—Ya lo he pensado —respondió—. Así sería, señor, así sería.
—Pero, Ham —le dije con suavidad—, si hay algo que pudiera escribirle de tu parte, por si acaso yo no pudiera decírselo; si hay algo que desearas hacerle llegar por mi conducto, lo consideraría un sagrado encargo.
“De eso estoy seguro. ¡Se lo agradezco, señor, muy amable! Creo que hay algo que me gustaría que se dijera o se escribiera”.
«¿Qué es?»
Caminamos un poco más en silencio, y entonces él habló.
—No es que la perdone. No es tanto eso. Es más bien que le ruego que me perdone, por haberle impuesto mis afectos. A veces pienso que si no me hubiera prometido que se casaría conmigo, señor, ella confiaba tanto en mí, en plan de amistad, que me habría contado lo que le rondaba por la cabeza, y me habría pedido consejo, y yo podría haberla salvado.
Le apreté la mano. «¿Eso es todo?»
—Hay todavía otra cosa —respondió—, si sé cómo decirla, Mas'r Davy.
Caminamos un poco más, más lejos de lo que habíamos llegado hasta entonces, antes de volver a hablar. No estaba llorando cuando hacía las pausas que expresaré con rayas. Simplemente se estaba reponiendo para hablar con total claridad.
“La quería—y quiero su recuerdo—demasiado profundamente—como para hacerle creer por mí mismo que soy un hombre feliz. Yo solo podría ser feliz—olvidándome de ella—y me temo que apenas podría soportar que le dijeran que he hecho tal cosa.
Mas si usted, que es tan sabio, amo Davy, pudiera pensar en algo que decir que lograra hacerle creer que no estoy muy herido: que sigo amándola y guardándole luto; cualquier cosa que pudiera hacerle creer que no estoy cansado de mi vida y que, sin embargo, espero volver a verla sin culpa, allá donde los malvados dejan de inquietarse y los cansados descansan—cualquier cosa que aliviara su atribulado corazón, y que no le hiciera pensar, sin embargo, que yo podría casarme jamás, o que fuera posible que nadie llegara a ser para mí lo que ella fue—le pediría que dijera eso—junto con mis plegarias por ella—, que fue tan querida”.
Volví a apretar su varonil mano, y le dije que me encargaría de hacer esto lo mejor que pudiera.
—Se lo agradezco, señor —respondió—. Fue muy amable de su parte venir a recibirme. Fue muy amable de su parte acompañarlo hasta aquí abajo. Mas’r Davy, comprendo muy bien, a pesar de que mi tía vendrá a Londres antes de que zarpen y se reunirán una vez más, que no es probable que vuelva a verlo. Siento la seguridad de que será así. No lo decimos, pero así será, y es mejor que sea así. Lo último que vea de él —lo último de lo último—, ¿le dará el más afectuoso respeto y agradecimiento del huérfano, ya que él siempre fue más que un padre para mí?
Esto también lo prometí, fielmente.
—Le vuelvo a dar las gracias, señor —dijo, estrechándole la mano con cordialidad—. Sé a dónde va. ¡Adiós!
Con un leve movimiento de mano, como si me explicara que no podía entrar en el viejo lugar, se dio la vuelta.
Mientras contemplaba su figura, cruzando el páramo a la luz de la luna, le vi volver el rostro hacia una franja de luz plateada sobre el mar y seguir adelante, mirándola, hasta convertirse en una sombra en la distancia.
La puerta del cobertizo para botes estaba abierta cuando me acerqué; y, al entrar, lo encontré desprovisto de todo su mobiliario, a excepción de uno de los viejos arcones, sobre el cual estaba sentada la señora Gummidge, con una cesta en las rodillas, mirando al señor Peggotty.
Él apoyaba el codo en la tosca repisa de la chimenea y contemplaba unas pocas brasas moribundas en el hogar; pero levantó la cabeza, con esperanza, al verme entrar, y habló de manera alegre.
—Vamos, según lo prometido, a despedirse de esto, ¿eh, amo Davy? —dijo, tomando la candela—. Bastante desamueblado está ya, ¿verdad?
—En verdad habéis aprovechado bien el tiempo —dije.
—Vaya, no hemos estado de brazos cruzados, señor. La señora Gummidge ha trabajado como una... no sé como qué no habrá trabajado la señora Gummidge —dijo el señor Peggotty, mirándola, a falta de un símil lo bastante elogioso.
La señora Gummidge, apoyada en su cesta, no hizo ninguna observación.
—¡Ahí está el mismo arcón en el que solías sentarte, junto con Em’ly! —dijo el señor Peggotty en un susurro—. Me lo voy a llevar conmigo, de último. ¡Y aquí está tu viejo dormitorio pequeño, mira, amo Davy! ¡Casi tan desolado esta noche como el corazón podría desear!
En verdad el viento, aunque soplaba leve, tenía un sonido solemne y se arrastraba en torno a la casa abandonada con un lamento susurrado que era muy melancólico.
Todo había desaparecido, hasta el espejito con marco de concha de ostra.
Pensé en mí mismo, tendido aquí, cuando aquel primer gran cambio se estaba gestando en el hogar. Pensé en la niña de ojos azules que me había hechizado. Pensé en Steerforth; y una fantasía tonta y temerosa se apoderó de mí, la de que él andaba cerca y era probable encontrárselo a la vuelta de cualquier esquina.
—Parece que va a pasar mucho tiempo —dijo el señor Peggotty, en voz baja— antes de que el barco encuentre nuevos inquilinos. ¡Por aquí lo consideran desafortunado ahora!
—¿Pertenece a alguien del vecindario? —le pregunté.
—A un fabricante de mástiles de la parte alta de la ciudad —dijo el señor Peggotty—. Esta noche le voy a entregar la llave.
Miramos en la otra salita, y volvimos con la señora Gummidge, sentada en el arcón, a quien el señor Peggotty, poniendo la luz en la repisa de la chimenea, le rogó que se levantara para poder llevarla fuera de la puerta antes de apagar la vela.
—Dan’l —dijo la señora Gummidge, abandonando de repente su cesto y aferrándose a su brazo—, mi querido Dan’l, las palabras de despedida que pronuncio en esta casa son que no debo quedarme atrás. ¡No penséis en dejarme atrás, Dan’l! ¡Oh, no lo hagáis nunca!
Mr. Peggotty, desconcertado, miró de la señora Gummidge a mí, y de mí a la señora Gummidge, como si lo hubieran despertado de un sueño.
—¡No lo hagas, queridísimo Dan’l, no lo hagas! —exclamó la señora Gummidge con fervor.
—¡Lléveme con usted, Dan’l, lléveme con usted y con Em’ly! Seré su criada, constante y fiel. Si hay esclavos en esas partes a donde va, me encadenaré a usted como a uno de ellos, y encantada, ¡pero no me deje atrás, Dan’l, car cielo querido!
—Buena amiga mía —dijo el señor Peggotty, moviendo la cabeza—, ¡tú no sabes lo que es un largo viaje y lo dura que es la vida!
“¡Sí, que lo hago, Dan’l! ¡Puedo adivinarlo!”, exclamó la señora Gummidge. “Pero mis palabras de despedida bajo este techo son que me meteré en la casa y moriré, si no me llevan. Yo sé cavar, Dan’l. Sé trabajar. Sé vivir con estrecheces. Sé ser cariñosa y paciente ahora —más de lo que piensas, Dan’l, si tan solo quisieras ponerme a prueba. No tocaría la asignación, ni aunque me estuviera muriendo de necesidad, Dan’l Peggotty; ¡pero iré con usted y con Em’ly, si tan solo me lo permiten, hasta el fin del mundo! Ya sé cómo es; sé que ustedes piensan que estoy sola y desamparada; pero, mi querido amor, ¡ya no es así! No me he sentado aquí, durante tanto tiempo, a vigilar y a pensar en sus penas, sin que me haya hecho algún bien. ¡Mas’r Davy, háblele por mí! Yo conozco sus modos, y los de Em’ly, y conozco sus pesares, ¡y puedo serles de consuelo, a veces, y trabajar para ellos siempre! ¡Dan’l, mi querido Dan’l, déjeme ir con usted!”.
Y la señora Gummidge le tomó la mano y la besó con una sencillez patética y afectuosa, en un sencillo arrebato de devoción y gratitud que él bien merecía.
Sacamos el cofre, apagamos la vela, aseguramos la puerta por fuera y dejamos la vieja barca bien cerrada, una mancha oscura en la noche nublada.
Al día siguiente, cuando regresábamos a Londres en la parte exterior del coche de caballos, la señora Gummidge y su cesta iban en el asiento de atrás, y la señora Gummidge era feliz.