realmente tan redondo como decía mi libro de geografía, cómo era posible que alguna parte de él fuera tan plana. Pero pensé que Yarmouth tal vez estuviera situado en uno de los polos; lo cual explicaría el asunto.
Al acercarnos un poco más y ver todo el paisaje adyacente extendido en una línea baja y recta bajo el cielo, le insinué a Peggotty que un montículo más o menos lo habría mejorado; y también que si la tierra hubiera estado un poco más separada del mar, y el pueblo y la marea no hubieran estado tan mezclados, como el agua con tostada, habría sido más agradable.
Pero Peggotty dijo, con mayor énfasis que de costumbre, que debemos tomar las cosas como las encontramos y que, por su parte, estaba orgullosa de llamarse a sí misma un arenque ahumado de Yarmouth.
Cuando salimos a la calle (que me pareció bastante extraña) y olimos el pescado, la brea, la estopa y el alquitrán, y vimos a los marineros paseándose y a los carros tintineando de arriba abajo sobre las piedras, sentí que había cometido una injusticia con un lugar tan atareado; y se lo dije a Peggotty, quien escuchó mis expresiones de delicia con gran complacencia y me dijo que era bien sabido (supongo que por aquellos que tenían la buena fortuna de haber nacido Bloaters [*]) que Yarmouth era, en conjunto, el mejor lugar del universo.
“¡Aquí está mi Am!”, gritó Peggotty, “¡crecido al punto de ser irreconocible!”
Me esperaba, en efecto, en la tabula; y me preguntó cómo me encontraba, como si fuéramos viejos conocidos. Al principio no me pareció que yo lo conociera a él tanto como él a mí, porque no había vuelto a nuestra casa desde la noche en que nací, y, naturalmente, me llevaba ventaja.