—Sé que harás lo que te pido, si te digo que hablo muy en serio. Vete ahora, Trotwood, por mi bien, y pídele a tus amigos que te lleven a casa.
Me había impresionado lo suficiente por entonces como para que, aunque estaba enojado con ella, sintiera vergüenza y, con un brusco «¡Buenas!» (que pretendía ser un «¡Buenas noches!»), me levantara y me fuera.
Ellos me siguieron, y salí de inmediato por la puerta del palco a mi habitación, donde solo estaba Steerforth, ayudándome a desvestirme, y donde yo alternaba entre decirle que Agnes era mi hermana y rogarle que trajera el sacacorchos para poder abrir otra botella de vino.
¡Cómo alguien, acostado en mi cama, se pasó toda la noche diciendo y haciendo todo esto de nuevo, a destiempo, en un sueño febril —¡la cama, un mar agitado que nunca se calmaba! ¡Cómo, a medida que ese alguien se iba asentando lentamente en mí, comencé a resecarme y a sentir como si mi cubierta exterior de piel fuera una tabla dura; mi lengua, el fondo de una tetera vacía, incrustada por el largo uso y quemándose sobre fuego lento; las palmas de mis manos, calientes planchas de metal que ningún hielo podía enfriar!
¡Pero la agonía mental, el remordimiento y la vergüenza que sentí cuando recobré la consciencia al día siguiente!
Mi horror por haber cometido mil ofensas que había olvidado, y que nada podría expiar jamás; mi recuerdo de aquella mirada indeleble que Agnes me había dirigido; la torturadora imposibilidad de comunicarme con ella, al no saber, bestia que era, cómo había venido a Londres ni dónde se alojaba; mi repugnancia ante la sola vista de la habitación donde se había celebrado la juerga; mi cabeza martirizada; el olor a humo, la visión de los vasos, ¡la imposibilidad de salir o siquiera de levantarme!
Oh, ¡qué día aquel!