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nydus/David CopperfieldPublic
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XXVI. Caigo en cautiverio

La señora Crupp siempre me llamaba señor Copperfull: primero, sin duda, porque no era mi apellido; y segundo, me inclino a pensar, por alguna vaga asociación con el día de lavar la ropa.

—¿Qué le hace suponer que hay alguna señorita de por medio, señora Crupp? —dije yo.

—Señor Copperfull —dijo la señora Crupp, con mucha emoción—, yo misma soy madre.

Durante algún tiempo, la señora Crupp solo pudo llevarse la mano al pecho de mahón y fortificarse contra el dolor que volvía con sorbos de su medicina. Al fin volvió a hablar.

—Cuando la presente vajilla le fue comprada para usted por su querida tía, míster Copperfull —dijo la señora Crupp—, mi comentario fue que ya había encontrado a alguien a quien pudiera estimar. «¡Gracias a Dios!», fue la expresión, «¡ya he encontrado a alguien a quien puedo estimar!». No come usted lo suficiente, caballero, ni bebe tampoco.

—¿En eso basa su suposición, señora Crupp? —dije yo.

—Caballero —dijo la señora Crupp, en un tono que rayaba en la severidad—, he lavado la ropa de otros jóvenes caballeros además de usted. Un joven caballero puede ser demasiado cuidadoso consigo mismo, o puede ser poco cuidadoso consigo mismo. Puede cepillarse el pelo con demasiada regularidad, o con muy poca. Puede llevar las botas demasiado grandes para él, o demasiado pequeñas. Eso depende de cómo tenga formado su carácter original. Pero se vaya al extremo que se vaya, caballero, hay una señorita en ambos.

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