—Intuitivamente —dije, para su extremado deleite.
—Me alegra mucho recibir semejante respaldo a mi opinión, señor —replicó—. No es frecuente que me aventure a emitir una opinión no médica, se lo aseguro. El señor Murdstone a veces pronuncia discursos públicos, y se dice —en resumen, señor, lo dice la señora Chillip— que cuanto más oscuro tirano ha sido últimamente, más feroz es su doctrina.
“Creo que la señora Chillip tiene toda la razón”, dije.
“La señora Chillip llega incluso a decir —prosiguió el más manso de los hombrecillos, muy animado— que lo que semejante gente denomina erróneamente su religión es una válvula de escape para su mal humor y su arrogancia. Y, sabe usted, debo decir, señor —continuó, ladeando dulcemente la cabeza—, que no encuentro respaldo para el señor Murdstone y la señorita Murdstone en el Nuevo Testamento”.
—¡Yo tampoco la encontré nunca! —dije.
—Entre tanto, señor —dijo el señor Chillip—, son muy detestados; y como no se cortan a la hora de condenar al infierno a todo el que los detesta, ¡la verdad es que tenemos un buen despliegue de condenación en nuestro vecindario! Sin embargo, como dice la señora Chillip, señor, se infligen un castigo continuo; pues se vuelven hacia su interior para alimentarse de sus propios corazones, y sus propios corazones son un pésimo alimento. Y bien, señor, en cuanto a ese cerebro suyo, si me disculpa que vuelva a él, ¿no lo somete a una buena dosis de excitación, señor?