inquietud—, que cualquiera habría supuesto que sería, en todo caso, apreciada como una buena intención, entonces la joven mostró su verdadera cara. Una persona más escandalosa no la he visto jamás. Su conducta fue sorprendentemente mala. No tenía más gratitud, ni más sentimiento, ni más paciencia, ni más razón en ella que un tronco o una piedra. Si no hubiera estado sobre aviso, estoy convencido de que me habría hecho sangre.
—Pienso mejor de ella por eso —dije, indignado.
Mr. Littimer inclinó la cabeza, como dando a entender: «¿De verdad, señor? ¡Pero si es usted joven!», y reanudó su relato.
“Era necesario, en fin, por un tiempo, apartar de su lado todo aquello con lo que pudiera hacerse daño a sí misma o a cualquier otro, y mantenerla encerrada bajo llave. A pesar de lo cual, logró escapar por la noche; forzó la celosía de una ventana que yo mismo había claveteado; se dejó caer sobre una parra que trepaba