Era curioso e interesante, sin embargo, estar sentado allí arriba detrás de cuatro caballos: bien educado, bien vestido y con mucho dinero en el bolsillo; y buscar con la mirada los lugares donde había dormido en mi agotador viaje.
Tenía ocupación abundante para mis pensamientos en cada hito conspicuo del camino.
- Cuando miraba hacia abajo a los vagabundos que adelantábamos y veía ese rostro de estilo tan bien recordado vuelto hacia arriba, sentía como si la mano tiznada del hojalatero estuviera de nuevo en el pecho de mi camisa.
- Cuando atravesábamos a todo correr la estrecha calle de Chatham y vislumbraba, al pasar, el callejón donde vivía el viejo monstruo que me había comprado la chaqueta, estiraba el cuello con ansiedad para buscar el lugar donde me había sentado, al sol y a la sombra, esperando mi dinero.
- Cuando llegamos, por fin, a una etapa de Londres y pasamos por la auténtica Salem House, donde el señor Creakle había repartido golpes con mano dura, habría dado todo lo que tenía por el permiso legal de bajar y darle una paliza, y dejar salir a todos los muchachos como a tantos gorriones enjaulados.
Fuimos al Golden Cross, en Charing Cross, que entonces era un establecimiento medio mohoso en un vecindario claustrofóbico.
Un camarero me condujo al salón del café y una camarera me introdujo en mi pequeña habitación, que olía a coche de alquiler y estaba cerrada a cal y canto como un panteón familiar.
Aún era dolorosamente consciente de mi juventud, pues nadie me tenía el menor respeto: a la camarera le importaban un bledo mis opiniones sobre cualquier tema, y el camarero me trataba con confianza y se permitía aconsejar a mi inexperiencia.