Se lo había confiado a mi tía, pero a nadie más. No era un tema que pudiera discutir con Agnes, y Agnes ciertamente no tenía la menor sospecha de lo ocurrido.
Tampoco, según mi firme convicción, la tenía entonces la señora Strong.
Transcurrieron varias semanas antes de que viera el más mínimo cambio en ella. Llegó lentamente, como una nube cuando no hay viento. Al principio, parecía extrañarse de la compasión entrañable con la que el Doctor le hablaba, y de su deseo de que tuviera a su madre con ella, para aliviar la sorda monotonía de su vida.
A menudo, cuando estábamos trabajando y ella se sentaba cerca, la veía detenerse y mirarlo con aquel rostro memorable. Después, a veces la observaba levantarse, con los ojos llenos de lágrimas, y salir de la habitación.
Gradualmente, una infeliz sombra cayó sobre su belleza y se profundizó cada día. La señora Markleham ya era entonces residente habitual en la casita; pero no hacía más que hablar y hablar, y no veía nada.
Mientras este cambio se apoderaba silenciosamente de Annie, que antaño fuera como un rayo de sol en la casa del Doctor, este parecía más anciano y más grave; pero la dulzura de su carácter, la plácida amabilidad de sus modales y su benévola solicitud hacia ella, si es que eran susceptibles de algún aumento, se habían acrecentado. La vi una vez, temprano en la mañana de su cumpleaños, cuando ella vino a sentarse a la ventana mientras nosotros trabajábamos (lo cual siempre había solido hacer, pero ahora empezaba a hacer con un aire tímido e inseguro que me pareció muy conmovedor), tomar su frente entre sus manos, besarla e irse apresuradamente, demasiado conmovido para permanecer allí.