en mi propio sufrimiento, estaba tan devotamente enamorado de Dora que no podía evitarlo. Sabía que era ruin por mi parte no pensar más en mi tía y menos en mí mismo; pero, hasta ese punto, el egoísmo era inseparable de Dora, y yo no podía hacer a un lado a Dora por ninguna criatura mortal. ¡Qué inmensamente desgraciado fui aquella noche!
En cuanto al sueño, tuve pesadillas de pobreza de todas las formas posibles, pero parecía soñar sin el trámite previo de dormirme.
Un momento iba andrajoso, deseando venderle cerillas a Dora, seis paquetes por medio penique; otro estaba en la oficina en camisón y botas, y el señor Spenlow me recriminaba por presentarme ante los clientes con tan ligera indumentaria; luego recogía con hambre las migajas que caían de la galleta diaria del viejo Tiffey, consumida puntualmente cuando las agujas de San Pablo marcaban la una; más tarde intentaba desesperadamente conseguir una licencia para casarme con Dora, sin tener más que uno de los guantes de Uriah Heep para ofrecer a cambio, el cual todo el tribunal rechazaba; y aun así, más o menos consciente de mi propia habitación, no paraba de dar vueltas como un barco naufragado en un mar de mantas.
Mi tía también estaba inquieta, pues la oí caminar de un lado a otro con frecuencia. Dos o tres veces en el transcurso de la noche, ataviada con una larga bata de franela con la que parecía medir siete pies de altura, apareció, como un fantasma perturbado, en mi habitación, y se acercó al borde del sofá en el que yacía. En la primera ocasión me incorporé alarmado, para enterarme de que deducía, a raíz de una luz particular en el cielo, que la Abadía de Westminster estaba en llamas; y para ser consultado acerca de la probabilidad de que esta incendiara Buckingham Street, en caso de que el viento cambiara.