No. Él no había estado allí conmigo; en mis tiempos todas las narices eran rectas.
—No importa —dijo Traddles—. Empecé, con su ayuda, a copiar escritos jurídicos. Eso no dio muy buen resultado; y entonces empecé a plantearles casos, a hacer resúmenes y ese tipo de trabajo. Porque soy un tipo perseverante, Copperfield, y había aprendido el modo de hacer esas cosas con concisión. ¡Bien! Eso se me metió en la cabeza para inscribirme como estudiante de derecho; y eso se consumió todo lo que quedaba de las cincuenta libras. Sin embargo, Yawler me recomendó a una o dos oficinas más —la del señor Waterbrook, por ejemplo— y conseguí bastantes encargos. También tuve la suerte de familiarizarme con una persona del mundo editorial que estaba preparando una Enciclopedia, y me puso a trabajar; y, la verdad —(mirando de reojo hacia su mesa)—, estoy trabajando para él en este preciso minuto. No soy un mal compilador, Copperfield —dijo Traddles, conservando el mismo aire de alegre confianza en todo lo que decía—, pero no tengo nada de inventiva; ni una sola partícula. Supongo que jamás ha habido un joven con menos originalidad que yo.
Como Traddles parecía esperar que yo asintiera a esto como algo natural, asentí; y él continuó, con la misma alegre paciencia —no encuentro mejor expresión— que antes.
—Así, poco a poco, y sin darme grandes vida, logré al fin juntar las cien libras —dijo Traddles—; y gracias al cielo que ya están pagadas —aunque fue— aunque desde luego fue —añadió Traddles, haciendo una mueca como si le hubieran vuelto a sacar una muela—, un gran esfuerzo. Sigo viviendo del tipo de trabajo que he mencionado y espero, algún día, conseguir unirme a algún periódico: lo que casi me haría la fortuna. Ahora bien, Copperfield, eres tan exactamente el mismo de antes, con esa cara tan agradable, y es tan grato verte, que no te voy a ocultar nada. Así que debes saber que estoy comprometido.