—Ciertamente no debería —dije yo.
—Me alegra que pienses así, Copperfield —replicó Traddles—, porque, sin ánimo de culpar al reverendo Horace, creo que los padres, los hermanos y todo eso a veces son un tanto egoístas en casos así. ¡Bien! También señalé que mi más ferviente deseo era ser útil a la familia, y que si salía adelante en el mundo, y le llegaba a pasar algo —me refiero al reverendo Horace—
—Comprendo —dije.
—O a la señora Crewler—sería la máxima satisfacción de mis deseos ser un padre para las niñas. Él respondió de un modo de lo más admirable, sumamente halagüeño para mis sentimientos, y se comprometió a obtener el consentimiento de la señora Crewler para este arreglo. Lo pasaron fatal con ella. Le subió de las piernas al pecho, y luego a la cabeza—
—¿Qué se montó? —pregunté.
—El dolor de ella —respondió Traddles con aire serio—. Sus sentimientos en general. Como ya mencioné en otra ocasión, es una mujer sumamente distinguida, pero ha perdido el uso de las extremidades. Todo lo que la perturba suele instalarsele en las piernas; pero en esta ocasión se le subió al pecho, luego a la cabeza y, en resumen, le invadió todo el organismo de un modo de lo más alarmante. Sin embargo, lograron sacarla adelante con una atención incesante y cariñosa; y nos casamos hace hoy seis semanas. ¡No tienes idea de qué monstruo me sentí, Copperfield, cuando vi a toda la familia llorando y desmayándose por todas partes! La señora Crewler no quiso recibirnos antes de nuestra marcha; no pudo perdonarme entonces por privarla de su hija, pero es una buena criatura y lo ha hecho desde entonces. Recibí una carta encantadora suya, precisamente esta mañana.