—Estoy seguro de que somos dos de las personas más felices —respondió Traddles—. Eso lo admito, ante todo. ¡Santo Dios, cuando la veo levantarse a la luz de una vela en estas mañanas oscuras, afanándose con los preparativos del día, saliendo al mercado antes de que los dependientes lleguen a la Inn, sin importarle el tiempo que haga, ideando las cenas más magníficas y sencillas con los ingredientes más corrientes, haciendo pudines y pasteles, manteniendo cada cosa en su lugar, siempre tan aseada y decorosa ella misma, quedándose despierta por la noche conmigo por muy tarde que sea, de buen carácter y alentadora siempre, y todo por mí, ¡a veces de verdad no puedo creerlo, Copperfield!
Él fue delicado hasta con las mismísimas zapatillas que ella había estado calentando, al ponérselas, y estiró los pies con placer hacia el guardafuego.
—Sinceramente, a veces no puedo creerlo —dijo Traddles—. ¡Luego nuestros placeres! ¡Válgame Dios, son baratos, pero son del todo maravillosos! Cuando estamos aquí en casa, por la tarde, y cerramos la puerta de la calle, y corremos aquellas cortinas —que ella hizo—, ¿dónde podríamos estar más a gusto?
Cuando hace buen tiempo, y salimos a dar un paseo por la noche, las calles rebosan de deleite para nosotros.
Miramos los escaparates relucientes de las joyería; y yo le enseño a Sophy cuál de las serpientes de ojos de diamante, enrolladas sobre montículos de raso blanco, le regalaría si pudiera permitírselo; y Sophy me enseña cuál de los relojes de oro con doble caja, rubíes, decoración guilloché, escape de áncora horizontal y toda clase de cosas, me compraría si pudiera permitírselo; y elegimos las cucharas y los tenedores, las paletas para el pescado, los cuchillos para la mantequilla y las pinzas para el azúcar que ambos preferiríamos si ambos pudiéramos permitírnoslo; ¡y la verdad es que nos vamos como si ya los tuviéramos!