No lo dije exactamente así; lo suavicé tanto como pude; pero lo dejé entrever, y me mostré firme al respecto. No creo que me haya vuelto muy ridículo, pero sé que fui firme.
—Muy bien, señor Copperfield —dijo el señor Spenlow—, debo interceder ante mi hija.
Miss Murdstone, mediante un sonido expresivo, una respiración prolongada que no era ni un suspiro ni un gemido, sino que se parecía a ambos, dio a entender que él debería haber hecho esto desde el principio.
—Debo intentar —dijo el señor Spenlow, reafirmado por este apoyo— influir en mi hija. ¿Rechaza usted tomar esas cartas, Mr. Copperfield?
Pues las había dejado sobre la mesa.
Sí. Le dije que esperaba que no le pareciera mal, pero que de ningún modo podía aceptárselos a la señorita Murdstone.
—¿Ni de mí? —dijo el señor Spenlow.
No, respondí con el más profundo respeto; ni de él tampoco.
—¡Muy bien! —dijo el señor Spenlow.
Siguiéndose un silencio, no sabía si irme o quedarme. Al fin me dirigía silenciosamente hacia la puerta, con la intención de decir que quizás haría mejor en no importunar sus sentimientos retirándome: cuando dijo, con las manos en los bolsillos del abrigo, donde le costaba Dios y ayuda meterlas; y con lo que yo calificaría, en suma, de un aire decididamente piadoso:
“Probablemente sepa usted, señor Copperfield, que no carezco del todo de bienes terrenales, y que mi hija es mi pariente más cercana y querida?”