pudieran, aun remotamente, parecer expresiones enérgicas. Todo lo que diría es que puedo marcharme al extranjero sin que vuestra familia se presente a favorecerina —en resumen, con un empujón de despedida de sus fríos hombros—; y que, en conjunto, prefiero abandonar Inglaterra con el impulso que poseo, antes que derivar ninguna aceleración del mismo por parte de ese sector. Al mismo tiempo, querida mía, si tuviesen la condescendencia de responder a vuestras comunicaciones —lo cual nuestra experiencia conjunta hace sumamente improbable—, esté muy lejos de mí ser un obstáculo para vuestros deseos.
Resuelto el asunto de esta manera tan amistosa, el señor Micawber ofreció el brazo a la señora Micawber y, echando una ojeada al montón de libros y papeles que Traddles tenía sobre la mesa, dijo que nos dejarían solos; lo cual hicieron ceremoniosamente.
—Querido Copperfield —dijo Traddles, recostándose en su silla una vez que se hubieron marchado, y mirándome con un afecto que le ponía los ojos rojos y el pelo de mil formas distintas—, no te pongo ninguna excusa por molestarte con asuntos de negocios, porque sé que estás profundamente interesado en ellos, y puede que te distraigan los pensamientos. Querido muchacho, espero que no estés agotado.
—Estoy plenamente en mí —dije, tras una pausa—. Tenemos más motivos para pensar en mi tía que en nadie. Ya sabes cuánto ha hecho.
—Sin duda, sin duda —contestó Traddles—. ¡Quién puede olvidarlo!
—Pero aun eso no es todo —dije yo—. Durante las últimas dos semanas, alguna nueva preocupación la ha afligido, y ha ido y venido a Londres todos los días. Varias veces ha salido temprano y ha estado ausente hasta la noche. Anoche, Traddles, con este viaje por delante, casi daba la medianoche cuando llegó a casa. Ya sabes cómo es su consideración hacia los demás. No quiere decirme qué es lo que le angustia.