huido y la niña que había sido!, ¡y aunque hubiera llegado a ser una dama de la realeza, se habría postrado a mis pies! ¡Lo sabía muy bien! ¡Muchas veces en sueños la había oído gritar: «¡Tío!» y la había visto caer muerta ante mí! ¡Muchas veces en sueños la había levantado y le había susurrado: «¡Em'ly, querida, he venido a traerte el perdón y a llevarte a casa!»!”.
Se detuvo, sacudió la cabeza y continuó con un suspiro.
“Él ya no era ná para mí ahora. Em’ly lo era todo. Le compré un vestido de campo para ponérselo; y sabía que, una vez hallada, caminaría a mi lado por esos caminos pedregosos, fuera adonde fuese, y nunca, nunca volvería a dejarme. Ponerle aquel vestido y desechar lo que llevaba puesto, tomarla de mi brazo otra vez y deambular hacia el hogar, detenernos a veces en el camino y curar sus pies maltrechos y su corazón aún más maltrecho,