es qué?”
“De eso hay que ocuparse, señor; eso muerde”.
—No, Copperfield —dice con gravedad—, eso no es un perro. Eso es un muchacho. Mis instrucciones son, Copperfield, ponerle este cartel en la espalda. Siento empezar así con usted, pero tengo que hacerlo.
Dicho esto, me bajó y me ató el cartel, que estaba primorosamente confeccionado para tal fin, sobre los hombros como una mochila; y dondequiera que fuera después, tuve el consuelo de llevarlo conmigo.
Lo que sufrí por aquel letrero, nadie se lo puede imaginar. Pudiera la gente verme o no, siempre me imaginaba que alguien lo estaba leyendo. No era ningún alivio dar media vuelta y no encontrar a nadie; pues dondequiera que estuviera mi espalda, allí imaginaba que había siempre