Una noche muy neblinosa, ¡con grandes círculos alrededor de las farolas en las calles! Se hablaba vagamente de que estaba mojado. Yo lo consideraba helado.
Steerforth me quitó el polvo bajo una farola y me devolvió la forma al sombrero, que alguien sacó de no sé dónde de una manera de lo más extraordinaria, pues yo no lo llevaba puesto antes.
Steerforth me dijo entonces: «Estás bien, Copperfield, ¿verdad?», y yo le contesté: «Jamémejoo».
Un hombre, sentado en un sitio como un casillero, miró a través de la niebla y le aceptó dinero a alguien, preguntando si yo era uno de los caballeros por los que ya se había pagado, y pareciendo bastante dudoso (según recuerdo por el vistazo que eché) de si debía aceptar el dinero por mí o no.
Poco después, nos hallábamos muy arriba en un teatro muy caluroso, mirando hacia abajo a un gran patio de butacas que me pareció que humeaba, de tanta indefinición que tenían las personas con las que estaba abarrotado.
Había también un gran escenario, que parecía muy limpio y terso después de las calles; y había gente sobre él, hablando de algo o de otra cosa, pero nada inteligible.
Había una abundancia de luces brillantes, y había música, y había damas abajo en los palcos, y no sé qué más.
Todo el edificio me pareció como si estuviera aprendiendo a nadar; se comportaba de un modo tan inexplicable, cuando trataba de estabilizarlo.