—Supongo que debía ser subyugada y moldeada a su despreciable imagen y semejanza, ¡que Dios la ampare! —dije—. Y así ha sido.
—Pues, señor, al principio hubo discusiones muy violentas, se lo aseguro —dijo el señor Chillip—; pero ahora es una completa sombra. ¿Se consideraría una intromisión si le dijera a usted, señor, en confianza, que desde que la hermana vino a ayudar, el hermano y la hermana entre los dos la han reducido casi a un estado de imbecilidad?
Le dije que podía creérmelo fácilmente.
—No dudo en afirmar —dijo el señor Chillip, reponiéndose con otro sorbo de negus—, entre nos, caballero, que su madre murió de eso, o que la tiranía, la melancolía y la preocupación han vuelto casi imbécil a la señora Murdstone. Era una joven alegre, caballero, antes de casarse, y la sombría austeridad de aquellos dos la destruyó. Ahora la rondan más como sus guardianes que