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nydus/David CopperfieldPublic
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XLV. El señor Dick cumple las predicciones de mi tía

Así instado con tanto ahínco, no consulté al Doctor para pedirle permiso sino que, sin más alteración de la verdad que la de suavizar un poco la grosería de Uriah Heep, relaté claramente lo que había ocurrido en esa misma habitación aquella noche.

Los ojos desorbitados de la señora Markleham durante todo el relato, y las interjecciones agudas y cortantes con las que lo interrumpía de vez en cuando, desafían toda descripción.

Cuando hube terminado, Annie permaneció, durante unos instantes, en silencio, con la cabeza inclinada, tal como he descrito.

Luego, tomó la mano del Doctor (él estaba sentado en la misma postura que cuando habíamos entrado en la habitación), se la apretó contra el pecho y la besó.

El señor Dick la levantó con suavidad; y ella, al empezar a hablar, quedó en pie apoyada en él, mirando a su esposo⁠—de quien jamás apartó los ojos.

—Todo lo que ha estado alguna vez en mi mente, desde que me casé —dijo con voz baja, sumisa y tierna—, se lo voy a revelar por completo. No podría vivir guardando una sola reserva, sabiendo lo que sé ahora.

—No, Annie —dijo el Doctor con suavidad—, nunca he dudado de ti, hija mía. No hay necesidad; de verdad que no hay necesidad, querida mía.

—Hay una gran necesidad —respondió, de la misma manera—, de que abra todo mi corazón ante el alma de generosidad y verdad a quien, año tras año y día tras día, he amado y venerado cada vez más, ¡como el Cielo bien sabe!

—De verdad —interrumpió la señora Markleham—, si me queda algo de prudencia...

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