Tuvimos una causa aplazada en el Consistorio ese día—sobre la excomunión de un panadero que se había estado oponiendo en una junta parroquial a una tasa de pavimentación— y, como las pruebas duraban exactamente el doble que Robinson Crusoe, según un cálculo que hice, se nos hizo bastante tarde antes de terminar. Sin embargo, logramos que lo excomulgaran por seis semanas y lo condenaran a una infinidad de costas; y entonces el procurador del panadero, el juez y los abogados de ambas partes (que eran casi todos parientes), se fueron juntos fuera de la ciudad, y el señor Spenlow y yo nos fuimos en el faetón.
El carruaje era una preciosidad; los caballos arqueaban el cuello y levantaban las patas como si supieran que pertenecían a Doctors’ Commons.
Había mucha competencia en los Commons en todo lo referente a la ostentación, y por entonces se veían allí carruajes de lo más selecto; aunque siempre he considerado, y siempre consideraré, que en mi época el gran motivo de competencia era el almidón: el cual, según creo, se usaba entre los procuradores hasta el límite máximo que la naturaleza humana puede soportar.
Íbamos muy agradables, bajando, y el señor Spenlow me dio algunos consejos en relación con mi profesión. Dijo que era la profesión más distinguida del mundo y que de ningún modo debía confundirse con la profesión de procurador (solicitor): al ser una cosa totalmente distinta, infinitamente más exclusiva, menos mecánica y más lucrativa. Nos tomábamos las cosas con mucha más calma en los Commons de lo que podían tomarse en cualquier otra parte, observó, y eso nos apartaba, como clase privilegiada. Dijo que