—Está en casa, señor —contestó Peggotty—, pero está mal de la cama con los reumas.
—¿No va ahora a Blunderstone? —le pregunté.
“Cuando está bueno, sí”, respondió ella.
—¿Va usted nunca por allí, señora Barkis?
Me miró con más atención, y noté un rápido movimiento de sus manos una hacia la otra.
—Porque quiero hacer una pregunta sobre una casa que hay allí, que llaman la —¿cómo es?— la Torre de los grajos —dije yo.
Dio un paso atrás y extendió las manos de un modo indeciso y asustado, como para alejarme.
—¡Peggotty! —le grité.
Ella exclamó: «¡Mi querido muchacho!» y ambos rompimos a llorar, fundidos en un abrazo.
Qué extravagancias no cometió; cuánto reír y llorar por mí; qué orgullo demostró, cuánta alegría, cuánta pena de que ella, cuyo orgullo y alegría yo podría haber sido, jamás pudiera estrecharme en un cariñoso abrazo; no tengo valor para contarlo.
Ningún temor me turbaba pensando que era propio de mi corta edad corresponder a sus emociones. Nunca en toda mi vida me había reído ni llorado, me atrevo a decir —ni siquiera ante ella— con más libertad que aquella mañana.
—Barkis se va a poner tan contento —dijo Peggotty, secándose los ojos con el delantal—, que le hará más bien que pintas de linimento. ¿Puedo ir a decirle que estás aquí? ¿Subirás a verlo, cariño?